Hiking por el Monte Carmelo:Un camino místico para jóvenes
- Berny Ulate
- hace 2 horas
- 9 min de lectura
Resumen: Este artículo propone una lectura de la mística carmelitana para jóvenes desde tres grandes imágenes de san Juan de la Cruz: el Monte, la noche y la cima.
En la Iglesia católica no todos estamos familiarizados con la palabra «mística». Por eso, muchas veces suena lejana, extraña e incluso ajena al camino espiritual cotidiano. No pocos la relacionan con corrientes New Age o con experiencias esotéricas. Sin embargo, la verdad es otra: la fe cristiana, cuando se vive con autenticidad, es profundamente mística, porque conduce a una experiencia real y transformadora de Dios.
Las enseñanzas de san Juan de la Cruz, conocido como el Doctor Místico, con frecuencia han quedado encerradas en ámbitos académicos o reservadas a especialistas. Incluso entre los teólogos, no todos se atreven a adentrarse en este terreno. Y hay que decirlo con claridad: resulta incómodo que un tesoro espiritual tan grande permanezca inaccesible para quienes vivimos la fe caminando con los pies descalzos.
Después de casi veinte años de trabajo con jóvenes y de más de nueve acompañando procesos formativos en nuestras Escuelas de Promoción Espiritual, estoy convencido de algo: la mística —y, en particular, la de este gran santo— no solo es accesible a los jóvenes, sino también profundamente afín a sus búsquedas y realidades.
Porque, en el fondo, el corazón joven está hecho para la búsqueda, el encuentro y la entrega… Eso es, precisamente, lo que llamamos mística en el Carmelo

El hiking: un reto espiritual
Una de las imágenes más poderosas de la enseñanza de san Juan de la Cruz es la del Monte Carmelo. Esta imagen nos remite de manera directa, y sin rodeos, al ascenso de una montaña. No es casualidad que una de sus obras principales se titule Subida del Monte Carmelo y que el santo utilice el dibujo de un monte para representar el camino de la vida interior.
La «subida» es una metáfora del camino espiritual: un proceso que implica esfuerzo, decisión y apertura a la gracia. Es lo que la tradición espiritual llama ascesis, es decir, la disposición y el esfuerzo concreto de la persona para dejarse transformar por Dios.
Esta perspectiva de ascenso rompe con la idea de una espiritualidad cómoda, construida a la propia medida. La mística no elimina el esfuerzo humano, sino que lo integra. No propone un camino fácil, sino un camino verdadero. Y aquí aparece una conexión sorprendente con el mundo juvenil: la experiencia de subir, de luchar y de esforzarse por conquistar la cima.

Hoy muchos jóvenes practican hiking: buscan montañas, retos físicos y contacto con la naturaleza. Hay en ellos un deseo profundo de superación, de llegar más alto y de no quedarse en la superficie. Hace poco, mientras me encontraba de misión en Guatemala, un joven me decía con entusiasmo: «Padre, ya he alcanzado tres de las cumbres más altas de Guatemala; quiero subirlas todas».
«Subir», «ir más allá», «alcanzar»… Todo parece resonar con la espiritualidad sanjuanista:
Cuanto más alto subía, deslumbróseme la vista; y la más fuerte conquista en oscuro se hacía; mas, por ser de amor el lance, di un ciego y oscuro salto y fui tan alto, tan alto, que le di a la caza alcance.
Esa lógica del ascenso, del desafío y de la meta está ya inscrita en el corazón juvenil, y san Juan de la Cruz la ilumina desde dentro. Necesitamos volver a proponer una espiritualidad exigente y esperanzadora, capaz de suscitar grandes ideales y decisiones valientes.
La vida cristiana no es estancamiento: es subida; es ese «oscuro salto» que deslumbra la vista y nos conduce hacia la plenitud. Vivir desde la mística sanjuanista es dejarse mover por ideales altos y orientar toda la existencia hacia la unión de amor con Dios.
Podríamos llamar «hiking carmelitano» a esta pedagogía espiritual: subir el monte exterior para descubrir el camino interior; ascender en medio de la naturaleza para entrar en la profundidad del alma, allí donde Dios habita. El Cántico espiritual es una de las mejores expresiones de este itinerario:
Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas, ni cogeré las flores, ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras.
Después de leer estos versos, casi puedo imaginar a los jóvenes con sus mochilas, sus tenis de tracción, sus bastones de trekking y todos los demás implementos necesarios para emprender el camino.

San Juan de la Cruz nos introduce en los montes y las riberas del amor, y nos desafía a no detenernos ante las flores de la comodidad ni dejarnos vencer por las fieras de nuestros egoísmos. Son imágenes propias de quien sube a la montaña y de quien sabe encontrar a Dios en ella, porque la naturaleza también puede convertirse en lugar de encuentro con el Creador:
Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando,con sola su figura vestidos los dejó de su hermosura.
Quien se adentra en la montaña descubre que no se trata únicamente de alcanzar una meta, sino también de aprender a contemplar el camino. Cada sendero puede resonar como una palabra de Dios y cada árbol como una manifestación de su bondad. La brisa y el sol nos recuerdan la inmensidad de su presencia. El Dios creador nos habla también a través de la belleza que ha derramado en sus criaturas.
Pero es importante recordar, esta subida es motivada siempre por el amor. No es un esfuerzo voluntarista, ni racional. Es el amor actuando en nosotros.
Subir el monte: buscar para ser encontrados
Quien sube a una montaña ordinariamente busca algo: bienestar físico, silencio, paz, contacto con la naturaleza o la satisfacción de alcanzar una meta. El joven es, por naturaleza, un buscador, como el alma del Cántico espiritual.
La mística de san Juan de la Cruz tiene como eje transversal la dinámica de la búsqueda y el encuentro. Es la pregunta: «¿Adónde te escondiste, Amado?», la que pone a la persona en camino, la hace salir de sí misma y abandonar sus comodidades para afrontar dificultades y encontrarse con Dios y consigo misma en la verdad.
Una mística de la búsqueda conecta directamente con la espiritualidad de la juventud, etapa en la que se buscan respuestas a numerosas inquietudes, caminos para optar por una vocación, amistades verdaderas y proyectos capaces de dar sentido a la existencia. El joven es siempre un buscador, como lo es el alma enamorada.
Buscar una carrera, buscar trabajo, buscar pareja… buscar a Dios. Y, en medio de todas esas búsquedas, descubrir que el Dios al que buscamos también es un buscador, porque, si «el alma busca a Dios, mucho más la busca su Amado a ella» (Llama de amor viva 3,28).

San Juan de la Cruz propone una mística que no se limita a ofrecer respuestas prefabricadas, sino que abre caminos para buscar. Es una mística que no deja inmóvil el corazón, sino que lo invita a explorar y a reconocer la presencia de Dios en distintas realidades: la oración silenciosa, la naturaleza, la propia historia, el trabajo, la fraternidad y la vida cotidiana.
Esta es la propuesta de la Oración del alma enamorada:
“Pues ¿qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en meajas que se caen de la mesa de tu Padre. Sal fuera y gloríate en tu gloria, escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón.” (Oración del alma enamorada)
La Noche: tiempo de encuentro y transformación
Hay montes que solo se pueden subir de noche. Tal vez porque el calor es insoportable durante el día, porque se desea llegar a la cima para contemplar el amanecer o, sencillamente, por el deseo de dejarse iluminar por las estrellas. En ocasiones, los mejores caminos son aquellos que se recorren de noche.
Pocas etapas de la vida están tan vinculadas simbólicamente a la noche como la juventud. Es la juventud la que nos abre las puertas de la noche y nos presenta sus posibilidades, interrogantes y desafíos.

El joven teje gran parte de su identidad en el silencio y la oscuridad. Están las primeras trasnochadas ante un examen que preparar, la fiesta que se prolonga hasta la madrugada y la conversación o el chat que se sirven de la calma nocturna para alcanzar una mayor profundidad. El joven conoce la noche y muchas de las experiencias que en ella se desarrollan. Podría decirse que es un habitante habitual de la noche.
La noche mística de san Juan de la Cruz es camino y oportunidad de encuentro, maduración y crecimiento. Es un medio de purificación que conduce hacia la unión con Dios. Y esto es algo que no todos comprendemos: la noche es siempre una posibilidad.
No se trata de romantizar el sufrimiento ni de afirmar que toda oscuridad es buena en sí misma. Se trata de reconocer que incluso aquello que no comprendemos puede convertirse, por la acción de la gracia, en camino de transformación. Es necesario despojar a la noche de interpretaciones fatalistas para volver a descubrirla como camino y guía hacia lo esencial.
La noche es, para Jesús, tiempo de encuentro con el Padre; y para los primeros monjes y ermitaños, momento de vigilia y oración. Hoy, muchos jóvenes, habitantes de la noche, pierden la oportunidad del encuentro a causa de la dispersión o de la falta de formación. No logran escuchar el silencio ni reconocer la voz que les habla en la noche porque necesitan orientación y acompañamiento.
La noche es guía y oportunidad; es posibilidad espiritual y espacio para continuar escalando. Es lugar teológico de la lucha, pero también del encuentro, de la transformación y de la vida nueva:
¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que la alborada: oh noche que juntaste Amado con Amada. Amada en el Amado transformada!
Los jóvenes habitan la noche, pero no siempre saben cómo transitarla. San Juan de la Cruz nos ofrece un mapa para no perder el rumbo y para orientar cada paso mediante aquella «luz y guía» que arde en el corazón.
No siempre se trata de sacar a los jóvenes de la noche. Es necesario entrar con respeto en sus noches, acompañarlos, orientarlos y ayudarlos a descubrir la luz que ya los guía desde lo profundo.
La cima: El amor apasionado
Toda experiencia de hiking tiene una meta y toda montaña tiene su cima. Recuerdo que, cuando era estudiante de secundaria, hicimos una gira al cerro Chirripó, la montaña más alta de Costa Rica. Fueron ocho horas de ascenso hasta la estación de guardaparques y otras dos o tres horas hasta la cima.
Aún recuerdo aquella sensación de abrazar el cielo y sentir mía la tierra al llegar al punto más alto. Es la Oración del alma enamorada de san Juan de la Cruz la que mejor describe esa experiencia:
Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues ¿qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. (Oración del alma enamorada)
La juventud es la etapa del amor apasionado, de ese amor que nos hace escalar, arriesgarnos y dejar atrás muchas cosas con tal de encontrar una vida plena. El amor descubierto durante la juventud es el que, muchas veces, sostiene a lo largo de los años las decisiones más fuertes y trascendentales de nuestra existencia.
La juventud no siempre es únicamente el inicio; en ocasiones, también es la meta. Pienso en tantos jóvenes santos —Teresita, Teresa de los Andes, Carlo Acutis y muchos otros— que llegaron muy pronto a la cima.
¿Por qué no creer que esto también es posible para nuestros jóvenes? ¿Por qué no continuar proponiéndoles una meta que puede comenzar a alcanzarse desde ahora?
El Carmelo es para almas grandes y pequeñas, para místicos «de a pie» que quieren llegar a la cima, sin importar el tamaño del monte. Porque, al final, lo que verdaderamente importa es el amor: ese amor que da valor a todas las cosas y en el que, al atardecer de la vida, seremos examinados.
A manera de conclusión
Sueño con un Carmelo joven
y con jóvenes verdaderamente carmelitas.
Sueño con una mística encarnada en la juventud
y con una juventud profundamente mística.
Sueño con jóvenes que no tengan miedo de subir el Monte Carmelo
y que también sepan bajar de él
renovados y con el rostro resplandeciente.
Sueño con jóvenes expertos en hiking y en interioridad;
que sepan gustar del silencio
y cantar con alegría.
Sueño con un Carmelo joven
que atraviese la Noche iluminado por la Llama
y que sepa engolosinar a todos
con ese fuego de amor.
Sueño con una mística de pies descalzos
y pasión interior.
Con un Carmelo de mártires y profetas,
de místicos y maestros de interioridad,
de jóvenes enamorados
y completamente entregados al Amor.
Autor: Fr. Berny Ulate, OCD
Fraile carmelita descalzo, sacerdote y formador en espiritualidad carmelitana. Delegado Provincial de Pastoral Juvenil. Acompaña procesos juveniles y formativos, y se dedica especialmente a la difusión de la espiritualidad carmelitana.