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Teresa de Los Andes, vida que comunica la alegría del Evangelio



Cuando resuena en mi interior el llamado que Jesús nos hace de “ir al mundo entero y proclamar la buena noticia” (Mt 16, 15), pongo la mirada en Juanita Fernández Solar, mi muy querida y entrañable Santa Teresa de Los Andes, para contemplar en ella cómo su vida se ha hecho imagen y camino que comunica a otros la alegría del Evangelio.


Plena alegría de quien se encuentra y se deja seducir por el divino Pescador que, tirando sus redes de amor, ha tocado y transformado la existencia de la pequeña Juanita, impulsándola a dejar de lado rabietas, caprichos y vanidades hasta hacerla “crecer en sabiduría, estatura y gracia” (Lc 2,52), cuando apenas su razón despertaba para el mundo o, por qué no decirlo, para el Reino de Dios aquí en la tierra.


Al contacto con Jesús, todo en Juanita se hace más humano y divino. No podía ser de otra manera: ha bebido de la misma Fuente de la misericordia. Ha comido y bebido del Señor. Se ha unido a Él hasta donarse, con ansias de saciar almas que tienen hambre y sed de Dios.


Teresa de Los Andes es manantial de la alegría del Señor que refresca los desiertos. Es revelación de Dios que anima a “levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría” (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium), aunque las sombras de dolor o tristeza golpeen sin dar tregua.


La alegría del Evangelio la entregó Juanita al mundo que la rodeaba, sin importar si en su propia carne y espíritu experimentaba momentos de sequedad, duda o enfermedad. Ella solo deseaba “labrar la felicidad de los demás”.


“Ese amor divino es en mí una fuerza irresistible y cada día es más profundo. ¡Cómo quisiera que todos lo amen, pero antes que lo conozcan!” (Carta 60).



¿Quién es Juanita?


Al acercarnos a su Diario, Juanita nos descubre su origen y la “vida íntima de una pobre alma que, sin mérito alguno de parte de ella, Jesucristo la quiso especialmente y la colmó de beneficios y de gracias” (D 1).


Nació el 13 de julio de 1900, en Santiago de Chile. “Jesús no quiso que naciera como Él, pobre. Y nací en medio de las riquezas, regalona de todos” (D 2), en el hogar conformado por sus padres, Miguel Fernández y Lucía Solar, y sus hermanos: Lucía, Miguel, Lucho, Rebeca e Ignacio.


Su nombre de pila: Juana Enriqueta Josefina de los Sagrados Corazones Fernández Solar. Para sus familiares y amigos: Juanita. Para su hermano Lucho: “El ángel tutelar de la familia”. Para la Iglesia: Santa Teresa de Los Andes.


Vivió 19 años en el mundo, “sin ser del mundo”. Desde los seis años de edad, Jesús empezó a tomar su corazón para sí y ella se dejó seducir. Él era el sello indeleble de sus pensamientos, deseos y acciones. En todo lo comunicaba con naturalidad. Lo hacía presente en sus conversaciones, en sus escritos y hasta en los tantos paseos y actividades cotidianas. Todo le hablaba de Dios.


Le encantaba cabalgar, disfrutar del paisaje y salir de paseo con sus amigas. La natación y el tenis eran deportes que le apasionaban y en los que se destacaba. Estudió en el Colegio del Sagrado Corazón: allí tuvo grandes logros académicos, especialmente en filosofía y literatura. En química y física debía esforzarse con esmero. Su desempeño y virtudes le hicieron recibir el reconocimiento de “Hija de María”.


Fue catequista, acompañaba las misiones, se desvivía por los más necesitados y desde sus 15 años añoraba llegar al “bendito puerto del Carmelo” (D 10). El 15 de abril de 1918 le escribe en una carta a su hermana Rebeca: “Mi vocación es muy grande: salvar almas”.

Juanita aprendió de su abuelo, don Eulogio, que el tesoro más grande de la vida era vivir unida a Dios: “¡Qué vida de cielo (…) qué vida de esposa del Divino Crucificado!” (Carta 90). “Le aseguro que no sé qué daría por predicar al mundo entero el abandono ciego en manos de Dios” (Carta 86).



Una existencia en el Amor

Teresa de Los Andes es suelo fértil y a su vez, grano de trigo que cae y muere en Cristo para dar vida a quienes transitan por las sendas de su corta existencia. Jesús es la Vid y Juanita el sarmiento que da fruto.

Esto lo ha comprendido y lo ha hecho experiencia; por eso no renuncia a hacer siempre el bien, aunque implique desacomodo, desgaste, luchas, confrontaciones y “mancharse con el barro del camino” (EG. Capítulo 2, IV, 45).

Ella acompaña y anuncia la novedad del Evangelio con eficacia. Su “Jesusito” la ha capacitado para hacerlo con prudencia, comprensión, docilidad de espíritu, porque ha transfigurado su vida en la presencia de Dios. Su tiempo ya no le pertenece, lo entrega con verdadera alegría por más desalentadora que pudiera ser la realidad.

Juanita es misionera. Se abre a la acción del Espíritu Santo y su primer apostolado comienza en su hogar. Este es el llamado para todos. No se impone ni se extiende en prédicas vacías. Solo da testimonio del Señor. Comparte lo que ha recibido.

Sus gestos, detalles, palabras oportunas o escucha desinteresada brotan de la alegría de un Dios que la habita, con la esperanza puesta en Él para rescatar a sus hermanos Lucho y Miguel: a uno de sus dudas de fe y al otro de su vida mundana. O para sanar el corazón de su padre por la culpa y depresión que atraviesa, consecuencia de la crisis económica a la que arrastró a su familia.


Las circunstancias que se viven en su hogar no son ajenas a las nuestras: duelos, pérdidas materiales, crisis conyugales, enfermedad, despedidas, angustias, ausencias. ¿Qué es lo que marca la diferencia? La actitud de Juanita: ella abraza las cruces de cada día sin perder la paz. No se desanima ni malgasta el tiempo en la queja. Por el contrario, en el camino de la adversidad forja su santidad y nada la distrae de buscar la felicidad en el hondón del alma:

“He tenido ansias de ser feliz y he buscado la felicidad por todas partes. He soñado con ser muy rica, más he visto que los ricos de la noche a la mañana se tornan pobres. Y aunque a veces esto no sucede, se ve que por un lado reinan las riquezas y que por otro reina la pobreza de la afección y de la unión. La he buscado en la posesión del cariño de un joven cumplido, pero la idea sola (de) que algún día pudiera no quererme con el mismo entusiasmo o que pudiera morirse dejándome sola en las luchas de la vida, me hace rechazar el pensamiento (de) que casándome seré feliz. No. Esto no me satisface. Para mí no está allí la felicidad. Pues, ¿dónde – me preguntaba – se halla? Entonces comprendí que no he nacido para las cosas de la tierra sino para las de la eternidad. ¿Para qué negarlo por más tiempo? Solo en Dios mi corazón ha descansado. Con Él mi alma se ha sentido plenamente satisfecha, y de tal manera, que no deseo otra cosa en este mundo que el pertenecerle por completo”.



Crece la alegría “con ser comunicada”

En su epistolario, tan sencillo y a su vez tan profundo, Santa Teresa de los Andes nos descubre un Dios que se hizo Hombre para colmarla con su amor y llenarla de gozo. Así lo deja ver una carta que escribe a su madre, desde el Monasterio del Espíritu Santo, participándole de aquello que experimenta en su interior: “Cuando se ama, todo es alegría; la cruz no pesa; el martirio no se siente; se vive más en el cielo que en la tierra”.

Es el mismo Jesús, por medio de locuciones y de la Sagrada Escritura, quien la invita a hacer vida la alegría: “Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena” (Jn 15,11). De esa manera Juanita desea transmitir su gozo a un mundo herido, secularizado y consumista que todavía, en pleno siglo XXI, parece extraviar o desviar la verdadera felicidad que es Dios.

La depositaria de todos sus bienes y gozos espirituales será su hermana Rebeca: “Ojalá tengas la dicha algún día de encontrarte en este cielito anticipado, donde los rumores y la agitación del mar no llegan. Dios es amor y alegría y Él nos la comunica” (Carta 108).

Su oración se hará una resolución de vida que trascenderá más allá de la muerte, la cual llega once meses después de su ingreso al Carmelo: “Jesús mío, solo una cosa es necesaria: amarte y servirte con fidelidad; parecerme y asemejarme en todo a Ti. En eso consistirá toda mi ambición. Quiero pasar contigo todas las afrentas con alegría” (D. 17).


 

¿Qué nos enseña Juanita?

  1. Es indispensable entrar en la dinámica de recogimiento continuo que posibilita el encuentro con Jesús para que el gozo, la alegría fecunda, permanezca en cada uno de nosotros. ¿Cómo está tu relación con el Señor?

  2. Esa dinámica tiene un movimiento concreto: Hacia adentro, para poseer a Dios que “es alegría infinita” (Carta 101). Hacia afuera, pues debemos salir al encuentro del otro para comunicar a Dios en la familia, en los lugares de estudio o trabajo; al interior de los grupos y comunidades y en las periferias. Más que con la palabra, con el testimonio. ¿Dejas que tu vida sea transformada por Dios? ¿Compartes a otros la alegría del Evangelio? ¿Qué te mueve a hacerlo o que te paraliza?

  3. Nadie puede quedar excluido de la dicha verdadera que es Jesús, ya que esta “alegría es para todo el pueblo” (Lc 2, 10). Hay que entregarlo con generosidad y gratuidad, tal como Él se nos ha dado.


“¿Por qué no amar a ese Dios que, no necesitando de nosotras, nos ama, nos mira y siempre nos prodiga sus bienes? Vivir de amor, vivir en el cielo, en Dios. Esta es la única dicha del alma de tu carmelita. No creas que te oculta que hay sufrimientos, pero en la cruz está el amor y amando se es feliz. Adiós. Reflexiona en todo lo que te digo” (Carta 159).


Oremos



Dios misericordioso, alegría de los santos, que inflamaste el corazón juvenil de Santa Teresa con el fuego del amor virginal a Cristo y a su Iglesia, y la hiciste testigo gozoso de la caridad aun en medio de los sufrimientos.


Concédenos, por su intercesión, que, inundados por la dulzura de tu Espíritu, proclamemos en el mundo, de palabra y de obra, el Evangelio del amor.


Por Nuestro Señor Jesucristo. Amén.




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