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El Amanecer en el Asfalto: Un Encuentro con Dios y la Esperanza que Renace

El sol de la mañana se cuela por mi ventana, no la de barrotes fríos de antes, sino la de mi propia habitación, en casa. Me da en la cara, cálido y un poco atrevido. Y pienso: esto es un milagro.

Soy un muchacho cualquiera, Jesús Manuel, un joven abogado de 25 años al que le fue truncada la graduación en tres ocasiones por defender mis convicciones.

Hace no mucho, mis días se medían por el eco de cerraduras y el olor a humedad.

Fui, como dicen ahora, un expreso político durante seis meses. Y aunque mi cuerpo está libre, aquí, bajo un régimen de presentación, la mente a veces se queda atrapada en el pasado, como un pájaro que olvida cómo volar. Pero hay algo que ha cambiado. Algo más que el paisaje de mi cuarto. Es la forma en que el mundo me habla, y la forma en que Dios ha decidido encontrarse conmigo justo en este proceso de renacimiento.


La Pequeña Flor del Carmelo y la Abogacía del Alma

Mi abuela siempre fue de la Virgen del Carmen. Una fe sencilla, sin grandes sermones, tejida en rosarios de cuentas desgastadas y el aroma a incienso en el rincón de la sala. Mientras yo estaba adentro, enfrentando la injusticia de que mi carrera de abogado fuera detenida una y otra vez, ella y mi madre se aferraron a Ella con uñas y dientes. La llamaban la "Conductora de Caminos".

Yo, la verdad, era escéptico. La desesperación te hace caer en el cinismo. ¿Dónde estaba Dios cuando la luz se apagaba? Pero mi abuela me miraba con esos ojos viejos llenos de luz y me decía: “Hijo, Dios no está en las paredes de la Iglesia, sino en el corazón que sufre. Y la Virgen, Ella lleva la antorcha para que no te pierdas en la oscuridad.” Y miren, aquí estoy. Dicen que mi liberación fue "proceso", "negociación", "papel".

Yo sé que fue oración. Fue la fe terca de mis familiares pidiéndole a esa Flor del Carmelo, a esa Estrella del Mar, que me sacara de la tempestad. La fe de ellos fue mi verdadera defensa legal cuando todas mis apelaciones terrenales fueron rechazadas.


El Desierto de Seis Meses y el Encuentro Cotidiano

Ahora que camino por las calles de mi ciudad para cumplir con mi régimen, el mundo

parece gritón. Pero entre el ruido de los autobuses y la prisa de la gente, he empezado a experimentar lo que la espiritualidad carmelitana llama el "Encuentro" con Dios.

No se trata de visiones grandiosas o éxtasis. Es algo mucho más silencioso, más real, algo que Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz entendieron tan bien en sus escritos: encontrar a Dios en el centro de tu propia alma, en el desierto de tu vida, que ahora es la rutina.



El desierto para mí duró seis meses de cárcel, pero la rutina de presentación es un desierto diferente: el de la incertidumbre. Y es aquí donde la fe se practica:

  •  El Silencio en el Alma: En el centro de reclusión, el silencio era ensordecedor, lleno de ansiedad. Ahora, cuando espero en la fila para firmar, he aprendido a buscar un silencio diferente, uno interior, como el que debe haber en la celda de un fraile carmelita, donde la Presencia no necesita palabras. Es un momento fugaz donde la esperanza me dice: “No estás solo. El Amor te sostiene.”

  •  La Tarea y la Presencia: Antes, la vida era un castigo. Ahora, tengo que hacer cosas mundanas: estudiar online en la universidad católica de España, buscar un nuevo futuro, presentarme ante las autoridades. Y es en esta cotidianidad donde la fe se vuelve real. Fregar los platos con atención plena, sin pensar en el futuro incierto, sin dejar que el pasado me ahogue... es un acto de ofrenda. San Juan de la Cruz nos enseña que "Dios está presente en el alma por esencia, presencia y potencia". Y yo lo siento al respirar, al ver el azul del cielo sobre el gris del asfalto.

El reencuentro con la luz no es una explosión; es un parpadeo constante que me recuerda la belleza simple que me fue negada.


La Estrella del Mar y el Nuevo Rumbo

El verdadero nudo en la garganta sigue siendo la incertidumbre. Cada vez que tengo que ir a la presentación, me tiemblan las manos. El miedo es una cicatriz que pica con el cambio de clima.

Pero hay una brújula que no miente. Cuando el miedo a la recaída o la tristeza por la juventud robada asaltan mi alma, vuelvo los ojos hacia Ella, la Estrella del Mar (Stella Maris). No es una diosa inalcanzable, sino la Madre que guía. Mis familiares no rezaron por un milagro político; rezaron para que la Virgen del Carmen se hiciera cargo de mi barca a la deriva. Y lo hizo. Ella me condujo de las aguas turbulentas de la celda a este puerto tranquilo, donde, a mis 25 años y con mi vocación de abogado renaciendo en aulas virtuales, puedo vislumbrar la orilla de una vida nueva.

Ella es la certeza luminosa que le dice a mi alma: “Tu camino no ha terminado, apenas comienza; sigue estudiando y sigue amando, que Yo te llevo a buen puerto.”

Tocar el pequeño escapulario marrón que me dio mi tía que se convirtió en mi madre (mi madre no se encuentra en el país por temas políticos), es un recordatorio de que mi sufrimiento no fue en vano si ahora puedo ver el sol y darle gracias.

La esperanza para un expreso político y abogado frustrado no es solo la amnistía o el fin del régimen. Es el redescubrimiento de la dignidad y de un Dios que, como dicen los carmelitas, está "en medio de las ollas", en medio de la vida normal. Es saber que mi vida, aunque desviada, tiene un nuevo propósito.



Dios estaba en la oscuridad, en el corazón de mis familiares que oraban sin cesar.

Y Dios está ahora, en el asfalto que piso, en el café que me tomo, en la pantalla de mi ordenador mientras estudio mi carrera, y en la mirada de mi tía (que se convirtió en mi madrina de confirmación). Y esa, es la única libertad que nunca me podrán quitar. Es la esperanza que, como un retoño después del incendio, simplemente, brota.



El autor del Segundo lugar



Jesús Manuel Savio Aguilera Ibarra (25), abogado y ex-preso político, reconstruye su vida tras seis meses de reclusión y tres graduaciones truncadas por disidencia. Su testimonio encarna la esperanza que renace, encontrando en la espiritualidad y el amor familiar la verdadera libertad que ninguna celda puede quitar.

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