UNA SANTA FEMINISTA

¿QUIÉN ES EDITH STEIN?.

Responder la pregunta en unas breves líneas es muy complejo, porque nos encontramos ante una mujer que tiene muchas dimensiones: judía, universitaria, pedagoga, filósofa, cristiana, teóloga, mística, sufragista, monja carmelita, santa. Es una dama adelantada a su tiempo, que luchó por la emancipación, por la dignidad de la mujer en un mundo dominado por los varones que impedían, incluso, el ingreso de la mujer como profesora universitaria. Una pensadora que no dudó en enfrentarse a los hombres para conseguir el derecho femenino al voto en los sufragios de estado.

Trataremos de dar unas breves pinceladas sobre la rica enseñanza que nos dejó en el testimonio de su vida y desde esa extraordinaria capacidad de coherencia incondicionada, que podemos ver en sus escritos.



UN POCO DE HISTORIA

Nació el 12 de octubre de 1891 en Breslau, la capital de Silesia, centro económico y cultural del este alemán, hoy Polonia. Edith era una chica alemana que creció en el seno de una familia judía; es la menor de once hermanos. A los dos años sufrió la pérdida de su padre, quien se dedicaba a vender madera; después de este incidente, Augusta, la madre de Edith tuvo que hacerse cargo del negocio familiar y la crianza de los hijos, su tenacidad hizo que la empresa de su marido, se convirtiera, de negocio endeudado en firma acreditada.

Edith desde pequeña deslumbraba con su inteligencia y ansias de conocimiento; estudió cuatro semestres de psicología, y al encontrarse con un libro de Edmund Husserl, (filosofo fundador de la teoría fenomenológica) quedó deslumbrada por el contenido del texto; renunció al judaísmo, religión familiar, pero nunca se cerró a la presencia divina en su vida.

En una visita a su amiga Ana Reinach, observó cómo ella llevaba su duelo. Vio que afrontaba la reciente muerte de su esposo con esperanzas de vida y gozo de espíritu en la fe. La propia Edith afirmaría más adelante que «la causa decisiva de su conversión al cristianismo fue la manera en que su amiga aceptó por la fuerza del misterio de la cruz el sacrificio que se le impuso debido a la muerte de su marido». (Confidencia hecha al profesor Hirchmann, jesuita, al hablar del Carmelo holandés de Echt.)

El abrazo a la cruz del Señor por medio del sufrimiento y la entrega de su amiga, se convirtió en la mente y el corazón de Edith, en semilleros de fe.

Su búsqueda de la verdadera fe finalizó al encontrarse con la “Vida” de Santa Teresa de Jesús, en el verano de 1921[1]. Con “el libro de la vida” de la Santa abulense, Edith quedó atrapada en las redes del amor de Jesús. En una noche leyó este libro, terminando su larga búsqueda del Dios verdadero, anticipada por el conocimiento de personas, cuya fe profunda estimuló su incesante reflexión.

Otros acontecimientos de la vida diaria en un entorno católico en el que ella vivía le ayudaron en este proceso: «Para mí fue algo bastante nuevo. En las sinagogas y templos que yo conocía, íbamos allí para la celebración de un oficio. Aquí, en medio de los asuntos diarios, alguien entró en una iglesia como para un intercambio confidencial. Esto no lo podré olvidar jamás».[2]

Edith recibió el bautismo en el seno de la Iglesia católica el 1 de enero de 1922 y tomó los nombres de Edith Teresa y Hedwig, Teresa por su santa abulense y Hedwig por su madrina Hedwig Conrad-Martius. El 2 de febrero del mismo año recibió la primera comunión y la confirmación de manos de Ludwig Sebastian, obispo de la diócesis de Espira. Entonces ella ya tenía la convicción de que el Carmelo era su meta, e ingresó en la vida carmelitana el 14 de octubre de 1933.

Entre 1933 y 1942 transcurre su vida como Carmelita Descalza. El 15 de abril de 1934 tomará el hábito e inicia el noviciado, adoptando el nombre de religiosa: Teresa Benedicta de la Cruz.

UNA SANTA FEMINISTA

Preocupada por el papel de la mujer, la ya filósofa cristiana, impartirá numerosas conferencias sobre este tema entre 1928 y 1933, y en las que destacan los siguientes temas: La identidad y vocación de la mujer y su papel en la sociedad, trabajos y actividades de la mujer, fundamentos y problemas de la educación femenina, la mujer en la Iglesia, misión de la universitaria católica, la mujer en la vida del pueblo, entre otros. Siempre en el fondo estará la idea de que ambos sexos tienen una triple y común vocación originaría: ser imagen de Dios, dominar el mundo y procrear.

Desde esa perspectiva del ser humano, Edith desarrolla su conclusión de que tanto al cuerpo masculino como al femenino corresponde un alma, en consonancia con su ser. Es el alma quien determinará la estructura particular del cuerpo femenino y las características específicas del ser femenino. Ella detalla que la mujer "comprende no solo con el intelecto, sino también con el corazón" (PROBLEMAS DE LA EDUCACIÓN DE LA MUJER) y desde esa verdad descubre a la mujer como un refugio para los demás: "El alma de la mujer está moldeada como un refugio donde otras almas puedan desarrollarse" (PRINCIPIOS DE LA EDUCACIÓN DE LA MUJER).

Del ser femenino nace la vocación maternal, que no es excluyente al estado civil, profesional, o la propia experiencia de la maternidad física, sino que es una forma natural de ser de la mujer, tal como escribe ella: "Toda mujer que vive a la luz de la eternidad puede cumplir su vocación, independientemente de que sea en el matrimonio, en una orden religiosa o en una profesión mundana"(LA ESPIRITUALIDAD DE LA MUJER CRISTIANA).

Desde este sentido, la mujer puede desarrollarse en cualquier ambiente de la sociedad, ya sea como madre abnegada cuidando la casa, una gran empresaria y exitosa profesional, o detrás del claustro del convento. Siendo consciente que todo lo que realiza lo hace desde la femineidad natural, desde su ser femenino. Esto no elimina ni socaba el valor del varón; por el contrario, engrandece y ayuda al desarrollo del varón.

Desde la vocación femenina, "la mujer busca de forma natural abrazar lo que es vivo, personal e íntegro. Cuidar, guardar, proteger, nutrir y promover el crecimiento es su anhelo natural y maternal"(El ‘ethos’ de las profesiones femeninas); es como Dios creó a la mujer, pero, en el desarrollo de la vida, son muchos los momentos en que nos desvían del ser natural, y es donde aparecen las inclinaciones como la vanidad y el deseo de honores y reconocimientos.

Ante esos desvíos, Edith nos recuerda que podemos volver la mirada a María, la “Esclava del Señor”, y vivir tal como ella vivió su ser femenino: “Como soltera en el recinto del templo sagrado, en la tranquila administración doméstica en Belén y en Nazareth, como guía de los apóstoles y de las primeras comunidades cristianas tras la muerte de su hijo. Cada mujer un trasunto de la madre de Dios, cada mujer una “sponsa Christi”, cada mujer un apóstol del corazón divino: entonces cada una de ellas correspondería a su vocación profesional femenina, con independencia de las circunstancias en que viva y de la actividad en la que desarrolle su vida hacia el exterior” (LA MUJER: SU NATURALEZA Y MISIÓN).

En María encontramos el ser femenino vivido en plenitud, y como María debemos recordar que una vida de mujer vivida plenamente, en interioridad desde el Amor Divino, deberá llegar a ser una vida interior cultivada y eucarística. La vida de esposa de Cristo, Hija de Dios y receptáculos del Espíritu Santo, está fundada en Cristo Eucaristía, en la celebración Eucarística diaria, en la celebración de los Sacramentos, en una vida de contemplación y oración.

La vida eucarística consiste en reproducir la imagen del Hijo de Dios que se abajó y anonadó a sí, tomó la condición humana y fue exaltado a la derecha de Dios Padre. Por tanto, una existencia cristiana recluye olvidarse de sí, liberándose de todos los deseos y aspiraciones propias (desasimiento), a fin de obtener un corazón abierto a todas las penurias y necesidades ajenas. Se trata de llevar la cruz cada día, como ya nos lo dice Jesús en el Evangelio: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc 9, 23).

En esta línea de pensamiento, Edith describió claramente cuál es la receta para vivir la plenitud del ser femenino: “Quien visita al Dios eucarístico y con él se aconseja en todas las ocasiones, quien se deja purificar por la fuerza divina que surge del sacrificio del altar y se ofrece al Señor en ese mismo sacrificio, quien en la comunión recibe al Salvador en lo más íntimo de su alma, ése se verá sin excepción cada vez más profunda y fuertemente atraído en la corriente de la vida divina, crecerá en el cuerpo místico de Cristo y su corazón será configurado según el modelo del corazón divino”(LA MUJER: SU NATURALEZA Y MISIÓN).

El vivir los valores evangélicos en un mundo tan consumista y materialista, solo cobra sentido desde la Eucaristía, desde la contemplación e inmolación de la propia vida, entregada en oración junto con las ofrendas del Pan y el Vino, elevados por las manos del sacerdote, como pequeña ofrenda hasta el Creador. Vivir plenamente el ser mujer implica necesariamente Amar, Amar al extremo, de gastar y dar la vida para los demás.


UN FRIO AGOSTO DEL 1942

Al estallar la segunda guerra mundial y con la persecución a los judíos, Edith fue arrestada, junto a trescientas religiosas y religiosos católicos de origen judío, por represalia de los alemanes a la carta colectica redactada por los obispos de Holanda, contra la deportación de los judíos.

De la semana que pasó en el campo de exterminio hay varios testigos que dan cuenta de que Edith Stein mostró, hasta su último segundo de vida, serenidad, entereza y compasión. “Había una monja que me llamó especialmente la atención y a la que jamás he podido olvidar, a pesar de los muchos episodios repugnantes de los que fui testigo allí”, cuenta el testimonio de una madre que pudo salvarse después. “Aquella mujer, con una sonrisa que no era una simple máscara, sino que iluminaba y daba calor. Era la imagen de una mujer algo mayor, con aspecto juvenil, que era de una pieza, auténtica y verdadera. En una conversación dijo ella: «El mundo está lleno de contradicciones; en último término nada quedará de estas contradicciones. Solo el gran amor permanecerá. ¿Cómo podría ser de otra manera?»”.

Stein fue llevada al campo de exterminio de Auschwitz, llega como Monja Carmelita, con el delantal que expresa ser totalmente consagrada a María y José, ya estaba revestida para las bodas, era la novia que se inmolaba junto a todo el pueblo judío, fiel a su origen, llevando el consuelo a los que sufrían con ella, sobre su hábito cocida una estrella de David amarilla. Era el 9 de agosto de 1942, cuando los guardias del campo clasificaron a los deportados que llegaban de Holanda en un tren-prisión. Teresa Benedicta de la Cruz fue mártir de modo voluntario, pues se habría negado aceptar escapar en varias oportunidades y dejar atrás a todos los religiosos y religio