Culpa o culpabilidad: aprender a distinguir para vivir en libertad
- Fr. José Arteaga OCD

- 23 feb
- 5 Min. de lectura
Fr. José Arteaga OCD / jfarteaga25@gmail.com
Resumen: ¿Por qué me siento culpable si no he hecho nada malo? Este artículo nos ayuda a distinguir la trampa de la culpabilidad y el camino de la responsabilidad sana y no da pistas para trabajarlas.

Hemos iniciado el tiempo litúrgico de la cuaresma, un tiempo en el que, de manera especial, se nos invita a avanzar en nuestro camino de conversión, a acrecentar la oración y la caridad, y a acudir con mayor frecuencia al sacramento de la reconciliación.
Es cierto que, siempre que examinamos nuestra conciencia, es común descubrir nuestras incoherencias; y casi de inmediato surge ese sentimiento que llamamos “culpa”, el cual, en algunos casos, puede ser positivo y necesario, pero en otros puede convertirse en una experiencia enfermiza. Conviene, por tanto, aclarar cuándo la culpa es sana y cuándo no lo es.
La culpa es una experiencia universal. Generalmente surge ante una falta cometida contra una ley o un valor libremente asumido, o cuando se ha provocado la ruptura de una relación significativa. La experiencia de la culpa está compuesta por un pensamiento que valora lo sucedido, una emoción que se experimenta ante el hecho y un comportamiento que brota del sentirnos culpables.
Desde el psicoanálisis, la culpa se explica como una ambivalencia en la dimensión afectiva —te amo / te odio— y se sitúa incluso antes de la conciencia del bien y del mal o de la transgresión de una ley. En este enfoque, la culpa se vive como una tendencia autodestructiva que puede derivar en depresión y, posteriormente, en la búsqueda de reparación[1].
Como hemos dicho, no toda vivencia de la culpa es sana. Por ello, es importante distinguir ante qué tipo de culpa nos encontramos y aprender a procesarla adecuadamente. En este sentido, podemos hablar de una culpa sana y de una culpa insana o sentimiento de culpabilidad.
La culpa sana, vivida con madurez, nos ayuda a responsabilizarnos de nuestros actos y de sus consecuencias; nos conecta con la experiencia cristiana del pecado y del perdón. Reconocer con humildad la propia culpa sana forma parte de ese camino de verdad que conduce a la libertad. En este sentido, se ha afirmado con acierto que “saber sentirse culpable en determinadas ocasiones constituye un signo indiscutible de madurez” [2]. Se trata de una experiencia que nos pone en camino de conversión, nos permite reorientar la vida y nos educa para no dañar a los demás ni permitir que nos dañen.
En cambio, el sentimiento de culpabilidad necesita ser sanado. Es importante sanar exculpando, ya que este sentimiento suele surgir sin que exista una responsabilidad objetiva real. A lo mejor alguna vez nos hemos preguntado ¿Por qué me siento culpable si no he hecho nada malo?
En muchas ocasiones este sentimiento tiene su origen en presiones externas: la familia, el entorno social o incluso una vivencia de la religión que, mal entendida, puede llegar a neurotizar el tema de la culpa. Este tipo de culpabilidad suele bloquear la libertad de la persona.
Por ejemplo, una madre de familia decide dedicar un tiempo a sí misma: retoma estudios, acepta un trabajo de medio tiempo o simplemente se reserva un espacio semanal para descansar. Objetivamente, no está descuidando a sus hijos ni incumpliendo sus responsabilidades. Sin embargo, experimenta un fuerte sentimiento de culpa. Escucha —explícita o implícitamente— mensajes como: “una buena madre siempre está disponible”, “pensar en uno mismo es egoísmo” o incluso frases revestidas de religiosidad como: “el sacrificio es lo que agrada a Dios”. En este sentido, podemos decir que la culpabilidad tiene un carácter “camaleónico”, pues se oculta y no siempre resulta fácil identificarla.
Esta culpa no nace de una falta real, sino de presiones familiares, culturales y de un ideal moral mal entendido que absolutiza la entrega y niega los límites humanos. El resultado no es una vida más evangélica, sino el agotamiento, la frustración y una libertad interior bloqueada. En este caso, el sentimiento de culpabilidad no necesita reproche ni penitencia, sino sanación y exculpación, para que la persona pueda vivir su vocación familiar con mayor equilibrio, alegría y verdad. La culpabilidad insana no conduce a la verdad, sino a una imagen falseada de uno mismo y de Dios.
También puede padecerse una “culpa egocéntrica”, que no se centra tanto en el daño causado cuanto en el temor de perder la propia imagen o una relación. Por ejemplo, un padre discute con su hijo adolescente y le habla con dureza delante de otros miembros de la familia. Más tarde se siente “culpable”, pero al examinar ese sentimiento descubre que lo que más le inquieta no es el dolor causado al hijo, sino el miedo a quedar como un mal padre, a perder autoridad o a deteriorar su imagen ante los demás. Incluso evita pedir perdón para no “quedar mal” o no mostrarse débil. Aquí resulta fundamental orientar la mirada hacia una responsabilidad sana, que se preocupa ante todo por el bien del otro y no por la propia imagen.
Asimismo, la culpabilidad suele expresarse a través de diversas manifestaciones: agresividad, sumisión, afán desmesurado por reparar lo que ya no tiene solución, angustia o tristeza. Con frecuencia se agudiza cuando la persona que se culpabiliza experimenta soledad o sensación de abandono. Por otra parte, también se teme reconocer la propia culpa por el miedo a asumir la responsabilidad que esta implica; de ahí que aparezcan actitudes defensivas, negación o una constante justificación de los propios actos.

Para gestionar la culpa de manera sana, es fundamental reconocer la responsabilidad ante el mal cometido y sus consecuencias, así como buscar la restitución del daño causado. Implica saber pedir perdón y abrirse a recibirlo. También es necesario ejercitar la autocrítica, reconociendo que muchas veces hay en nosotros una voluntad que desea el bien, pero que no siempre gobierna del todo. Este reconocimiento nos permite crecer, desenmascarar los autoengaños que se han ido instalando en la vida y reorientar el camino conforme a los valores que hemos asumido; en definitiva, andar en verdad como diría santa Teresa de Jesús.
Para gestionar la culpa insana, ayuda discernir con claridad de qué me siento culpable, de dónde nace ese sentimiento y si existe o no una responsabilidad objetiva. Es importante prestar atención a los hechos concretos y ayudar a la persona a salir de sí misma, para que aprenda a mirar la realidad y las necesidades de los demás con mayor verdad y libertad[3].
Algunas preguntas que nos puede ayuda a profundizar:
¿Qué tipo de culpa experimento con más frecuencia: una culpa sana que me invita a la conversión o un sentimiento de culpabilidad que me paraliza?
¿De dónde nace mi culpa: de un hecho concreto y objetivo o de presiones externas, expectativas ajenas o ideales mal entendidos?
¿Mi culpa me conduce a la verdad, a la libertad y al encuentro con el perdón de Dios, o me encierra en el miedo y la autoacusación?
Cuando me siento culpable, ¿me preocupa más el bien del otro o la imagen que los demás tienen de mí?
¿Qué pasos concretos puedo dar para vivir la culpa de manera más evangélica y sanadora en este tiempo de Cuaresma?
[1] Cf. DOMÍNGUEZ Carlos, Culpa y salvación en Creer después de Freud, San Pablo, Madrid 2003, p. 4
[2] Ib.p. 5
[3] Cf. ARRIETA Lola, Crecer en fe cuando se presenta el lado oscuro de la vida (2), Tema A7, Materiales Ruaj. Salamanca 2019, pp. 15-20.



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