Traspasada por el Amor

El Carmelo Descalzo conmemora hoy la Transverberación del corazón de Santa Teresa de Jesús. Una fiesta que nos permite recordar la verdad que nos ha revelado San Pablo en la Carta a la Romanos (5,5): “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo”.


Un amor divino que traspasa las entrañas, que nos enamora hasta los tuétanos y hace que pongamos nuestro contento solo en Dios. Gracia transformante en el corazón del ser humano que invadido por la presencia amorosa del Amado alcanza tal purificación, que el alma, pasando por una “muerte sabrosa” de sí misma, queda toda rendida, unida y renovada en Cristo.


Se cumple así el deseo de Dios: “Les daré un corazón nuevo y pondré en su interior un espíritu nuevo. Quitaré de su carne su corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Así caminarán según mis mandamientos, observarán mis leyes y las pondrán en práctica; entonces serán mi pueblo y yo seré su Dios (Ez 11,19).


Esta experiencia mística de la Transverberación la vivió Santa Teresa en 1560, a sus 45 años de edad, en el Monasterio de la Encarnación. Se encontraba en oración, “adonde el Señor me daba tan grandes gustos y regalos” (V 20,9). Fue para ella un hecho tan impactante, que se propuso hacer un voto a Dios de hacerlo todo “siempre, siempre, siempre” con la mayor perfección posible, apresurando así el vuelo para la reforma, sus fundaciones y su camino de santidad.


Como la samaritana, Teresa había sido herida y “cuán bien habían rendido en su corazón las palabras del Señor (…) Dichosos a los que el Señor hace estas mercedes, bien obligados están a servirle” (Conceptos 7,6).




Teresa nos narra su experiencia


“Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero. En esta visión quiso el Señor que le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan… Veíale en las manos un dardo de oro largo y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Esto me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevase consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios” (V 29,13).

Esta gracia del dardo, como se le conoce en la tradición de los Carmelos de Ávila, o “herida”, como la llama la Santa, “causa un dolor grande que hace quejar, y tan sabroso, que nunca querría le faltase” (Relación 5, 17). “No es un dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios” (V 29,13). “Veíame morir con deseo de ver a Dios, y no sabía adónde había de buscar esta vida si no era con la muerte” (V 29,8).


Aquí no hay más que alabar, amar y exclamar, mientras se ansía la vida aunque de buena gana se pierda por Él: ¡Oh hermosura que excedéis a todas las hermosuras!, sin herir dolor hacéis y sin dolor deshacéis, el amor de las criaturas”.


Esta experiencia de la Santa podía durar varios días y según ella misma lo cuenta a través de sus obras, apareció en repetidas ocasiones. “Cuando quiso el Señor me viniesen estos arrobamientos tan grandes, que aun estando entre gentes no los podía resistir” (V 29,14).


“Teresa se encuentra con el Crucificado resucitado y en su cuerpo ve, lee con claridad el poderío de este amor, capaz de superar toda resistencia y abatir cualquier obstáculo. Teresa se abandona totalmente a él, liberándose de todo lo que la frenaba en el plano personal, social y eclesial”: fray Saverio Cannistrà.

Hasta aquí podemos concluir que aquella herida de amor que sale de lo íntimo del alma deja grandes efectos cuando el Señor “es servido de darla”.