Santa Teresita del Niño Jesús, una mujer contracorriente

No soy especialista en la vida y doctrina de Santa Teresita. Es más, tengo la certeza de que existen devotos más certificados que yo, desde La Patagonia hasta los confines del mundo, para hablar de ella. Sin embargo, esta carmelita descalza, cuya fiesta celebramos hoy, 1 de octubre, me atrae, me interpela y me conduce a entrar en el misterio de su vida interior para descubrir cómo obra Dios en el alma, con una lógica distinta a la nuestra: contracorriente, sin pretenderlo.


“Teresa es una filigrana del Espíritu Santo”, como alude el filósofo francés Emmanuel Mounier, y está muy lejos de ser la niñita superficial e infantil que recreamos en la imaginación por su lenguaje. Aquella que se refiere a la “pelotita de Jesús”, a la “florecilla”, a “su hermanita”, “la “pequeña prometida”, “el débil pajarito” o “la reinecita de papá” es la misma que desde la madurez espiritual nos habla de la ciencia del amor y de la misericordia de Dios. La misma que comprendió que Arquímedes no pudo lograr levantar el mundo con una palanca, un punto de apoyo, “porque su petición no se dirigía a Dios. Su punto de apoyo no fue el Todopoderoso y su palanca no fue la oración” (Historia de un Alma, Manuscrito C).


Estamos frente a la figura de una mujer que, trascendiendo la vida eterna, se quedó con nosotros, como dice el padre Olivier Ruffray, rector del santuario de Lisieux y promotor de la inscripción de la Santa en la lista para la bienal de aniversarios de la Unesco 2022 – 2023, con motivo del 150º aniversario de su nacimiento, para “educarnos a través de su ejemplo de fidelidad a Dios a pesar de las muchas pruebas de su vida”.





Un espíritu en contravía a su época


María Francisca Teresa Martin Guérin nació en Francia, en una época agitada y compleja. El anticlericalismo se tomaba con fuerza al país y era muy reducido el número de católicos que se aferraban a la fe, mientras otros desertaban de ella.


Las vocaciones a la vida religiosa disminuían considerablemente. La persecución a la Iglesia era feroz: expulsando a capellanes y religiosas de los hospitales, expropiando bienes y prohibiendo la presencia de símbolos religiosos en los edificios públicos, como sucede hoy en muchos de nuestros países. A los siervos de la Iglesia ya no se les permitía dar formación a niños y jóvenes y la celebración de los sacramentos, como el Bautismo o el Matrimonio, iban disminuyendo.


Mientras todo convulsionaba en lo exterior, Teresita crecía en un hogar cimentado en la fe.

El matrimonio de sus padres, Luis Martin y Celia Guérin, se santificaba en lo cotidiano, acogiendo la voluntad de Dios aun en el crisol de la prueba: pérdidas, muerte, enfermedad, tinieblas, separación.


De sus hermanas María y Paulina recibía formación cristiana, sintiendo especial fascinación por el catecismo y la Historia Sagrada; Dios a su vez la instruía. Escribe Teresita: “Porque yo era débil y pequeña, (Dios), se abajaba hasta mí y me instruía en secreto en las cosas de su amor. Si los sabios que se han pasado la vida estudiando hubiesen venido a preguntarme, seguro que se hubieran quedado asombrados al ver a una niña de catorce años comprender los secretos de la perfección, unos secretos que toda su ciencia no puede descubrirles a ellos porque para poseerlos es necesario ser pobres de espíritu”.


Su heroico deseo era imitar a su querida hermana Juana de Arco y como ella, según lo expresaba, “morir por la defensa de la Iglesia (…) Me parecía sentir en mi interior la misma inspiración celestial”.


El miedo a un Dios castigador, que tomaba fuerza por el jansenismo, no se apoderaba de su alma. Por el contrario, “amaba mucho a Dios y le ofrecía con frecuencia mi corazón”. Quizá ese amor y ese ofrecimiento al Amor la llevaron a vivir los sacramentos más allá de lo ritual, a diferencia de lo que en ese momento estuviera aconteciendo en la Iglesia. Una experiencia desde Teresita que nos debe llevar a examinar cómo vivimos aquello que celebramos por nuestra fe.


¿Será, acaso, que nos dejamos seducir más por el cumplimiento, por la tradición, por el protocolo social o será que el encuentro íntimo con Jesús nos lleva a actualizar lo celebrado en la vida misma?


Lo cierto es que Teresita se capacita, experimenta, intuye, ama y se deja desbordar por el Espíritu que la habita y que le descubre la plenitud del Misterio.


Por eso, con sus escritos, nos exterioriza lo que vive y celebra en su interior:

“¡Qué dulce recuerdo aquel…! ¡Con cuánto esmero me preparaste, Madre querida, diciéndome que no era a un hombre a quien iba a decir mis pecados, sino a Dios! Estaba profundamente convencida de ello, por lo que me confesé con gran espíritu de fe, y hasta te pregunté si no tendría que decirle al Sr. Ducellier que lo amaba con todo el corazón, ya que era a Dios a quien le iba a hablar en su persona (…) Al salir del confesionario me sentía tan contenta y ligera, que nunca había sentido tanta alegría en mi alma (…) cada vez que lo hacía era una verdadera fiesta (Ms A).

Para su Primera Comunión, qué íntima preparación: prácticas, jaculatorias, pensamientos que ayudaban a la virtud, ejercicios espirituales, charlas sobre las riquezas inmortales y la forma de ser santa por la fidelidad en las cosas más pequeñas. Entonces llegó el gran día. El comienzo de una nueva vida: “¡Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma…! Fue un beso de amor. Me sentía amada, y me decía a mi vez: te amo y me entrego a ti para siempre. No hubo luchas ni sacrificios. Desde hacía mucho tiempo, Jesús y la pobre Teresita se habían mirado y se habían comprendido. Aquel día no fue ya una mirada, sino una fusión” (Ms A).


Poco después su alma ya se preparaba para la visita del Espíritu Santo, a través del Sacramento de la Confirmación. “No entendía cómo no se cuidaba mucho la recepción de este sacramento de amor (…) ¡Qué gozo sentía en el alma! Al igual que los apóstoles, esperaba jubilosa la visita del Espíritu Santo… Me alegraba pensar que pronto sería una cristiana perfecta” (Ms A).


Entre los sermones que escuchaba y las catequesis, aparecían algunas inquietudes en su itinerario de fe. Pese a ello, siempre hallaba esperanza y consuelo. “En cierta ocasión, le manifesté mi extrañeza de que Dios no diera la misma gloria en el cielo a todos los elegidos y mi temor de que no todos fueran felices. Entonces Paulina me dijo que fuera a buscar el vaso grande de papá y que lo pusiera al lado de mi dedalito, y luego que los llenara los dos de agua. Entonces me preguntó cuál de los dos estaba más lleno. Yo le dije que estaba tan lleno el uno como el otro y que era imposible echar en ellos más agua de la que podían contener. Entonces mi Madre querida me hizo comprender que en el cielo Dios daría a sus elegidos tanta gloria como pudieran contener, y que de esta manera el último no tendría nada qué envidiar al primero (…) “Conmigo el Señor ha sido siempre compasivo y misericordioso…, lento a la ira y rico en clemencia… (Salmo CII, v8). Por eso, Madre, vengo feliz a cantar a tu lado las misericordias del Señor” (Historia de un Alma, Ms A).




La misericordia de Dios, novedad de su espiritualidad


En tiempos recios para la Iglesia, cuando predominaba la idea de un Dios justiciero y cuando la promesa de la vida eterna parecía reservada para unos pocos, llega Teresita a pregonar la misericordia divina, “manifestada en Cristo como fuerza que levanta, que rehace, que sostiene en medio de las adversidades de la vida” (Sed de amor. Teresa del Niño Jesús y la Misericordia divina).


Ella habla y transmite lo que ha vivido de cerca y no teme contradecir a quienes predican que la misericordia de Dios solo era para “grandes pecadores”. En eso será contundente:


“Sé también que a mí Jesús me ha perdonado mucho más que a santa María Magdalena, pues me ha perdonado por adelantado, impidiéndome caer (…) o como dice San Pablo: “Tendré misericordia de quien quiera y me apiadaré de quien me plazca. No es, pues, cosa del que quiere o del que se afana, sino de Dios que es misericordioso”. ¡Cómo me gustaría saber explicar lo que pienso!”, dirá Teresita.

Y así, como el Maestro, nos explica con parábolas: “Supongamos que el hijo de un doctor muy competente encuentra en su camino una piedra que le hace caer, y que en la caída se rompe un miembro. Su padre acude enseguida, lo levanta con amor y cura sus heridas, valiéndose para ello de todos los recursos de su ciencia; y pronto su hijo, completamente curado, le demuestra su gratitud. ¡Qué duda cabe de que a ese hijo le sobran motivos para amar a su padre! Pero voy a hacer otra suposición. El padre, sabiendo que en el camino de su hijo hay una piedra, se apresura a ir antes que él y la retira (sin que nadie lo vea). Ciertamente que el hijo, objeto de la ternura previsora de su padre, si DESCONOCE la desgracia de que su padre lo ha librado, no le manifestará su gratitud y le amará menos que si lo hubiese curado... Pero si llega a saber el peligro del que acaba de librarse, ¿no lo amará todavía mucho más? Pues bien, yo soy esa hija, objeto del amor previsor de un Padre que no ha enviado a su Verbo a rescatar a los justos sino a los pecadores. Él quiere que yo le ame porque me ha perdonado, no mucho, sino todo. No ha esperado a que yo le ame mucho, como santa María Magdalena, sino que ha querido que YO SEPA hasta qué punto él me ha amado a mí, con un amor de admirable prevención, para que ahora yo le ame a él ¡con locura...!” (Ms A).


“¡Qué dulce alegría pensar que Dios es justo!; es decir, que tiene en cuenta nuestras debilidades, que conoce perfectamente la fragilidad de nuestra naturaleza. ¿De qué voy, pues, a tener miedo? El Dios infinitamente justo, que se dignó perdonar con tanta bondad todas las culpas del hijo pródigo, ¿no va a ser justo también conmigo, que estoy siempre con él?” (Ms A).

Y nosotros, ¿de qué manera acogemos la misericordia de Dios? ¿Nos sentimos levantados y amados por el Padre en nuestros tropiezos y caídas o nos quedamos con la idea de un Dios que siempre está vigilante para castigar la más mínima falta, propia o ajena?


En ocasiones me parece que estamos muy lejos de darle el verdadero sentido que tiene esta palabra: Misericordia. Hasta podría decir que hemos manipulado su significado para justificar y aceptar aquellas conductas que no son las más correctas ante los ojos miopes de los hombres.


Nos volvemos abanderados de la misericordia, pero cuánto cuesta ponerla en acción. La pedimos para nosotros o la exigimos para algunos y se nos olvida que todos también somos dignos de recibirla y responsables de otorgarla, no por un mérito en particular, sino por el único argumento que contiene toda verdad: somos hijos de Dios.


Esto no se trata de moralismos ni de prejuicios o de escrúpulos, como diría Teresita. Mucho menos de ser hipócritas o volubles si movidos por el Espíritu nos permitimos dar un cambio positivo ante los hechos y situaciones que nos dañan. Se trata de entrar en el Corazón de Cristo donde cabemos todos, donde se nos capacita no solo para recibir o dar misericordia, sino también para asumir un compromiso desde el amor y enmendar nuest