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Teresa de Jesús, maestra de humanidad



Cuando nos detenemos a contemplar las realidades de este mundo, las noticias y tantas historias en la calle nos narran la crudeza de la guerra, de la violencia, de la exclusión, del abandono, del maltrato, de la persecución, del sinsentido; y se pone ante nuestra mirada el sufrimiento de tantas víctimas, es imposible caer en la indiferencia y es inevitable cuestionar la conducta de aquellos que dañan a otros con sus decisiones perversas.


Sin embargo, no podemos quedarnos en el fariseísmo de “mirar la pelusa en el ojo ajeno y no mirar el tronco que hay en el nuestro” (Mt 7,3). Basta con anteponer las enseñanzas de Jesús a través de sus parábolas para darnos cuenta que en ciertas ocasiones llegamos al colmo de la convicción de “no ser como los demás hombres que son ladrones, injustos y adúlteros” (Lc 18, 11), pretendiendo minimizar nuestro proceder en relación con los otros, como si Dios no conociera las intenciones del corazón.


Ante esta cruda verdad, el desánimo podría llevarnos a perder la confianza en la humanidad; a considerar que no existe la posibilidad de derribar a tantos Goliat que toman el control de nuestra vida y de nuestros actos.



Desde la experiencia, una respuesta siempre actual


Como respuesta a tal incertidumbre, desde un período convulso en la historia de la España del siglo XVI, y en medio de un contexto lleno de contrariedades en lo político, religioso, social y cultural, aparece la figura y doctrina de Santa Teresa de Jesús para revelarnos, a través de su propia experiencia, que sí existe un camino posible que conduce hacia la transformación del ser humano, creado y criado a imagen y semejanza de Dios.


Lo hace Teresa desde la pedagogía de quien se ha encontrado con el Maestro, dejándose capacitar para liberarse de “cuanto le impide el vuelo hacia la trascendencia”[1]. Lo hace para conducirnos en un proceso de humanización desde el interior de la persona, donde todo lo bueno nos viene del Dios que nos habita y que desea establecer con cada uno de nosotros una relación de amistad que nos saca, por el amor, del “intimismo que lleva al ser humano únicamente a pensar en sí mismo, en su bienestar personal y no en el bienestar del prójimo. En otras palabras, un ser humano buscándose a sí mismo y no haciéndose cargo de las personas más vulnerables”[2].


“No penséis, amigas y hermanas mías, que serán muchas las cosas que os encargaré (…) solo tres me extenderé en declarar: la una es amor unas con otras; otra, desasimiento de todo lo criado; la otra, verdadera humildad”[3]. “
Por eso mostrémonos a contradecir en todo nuestra voluntad; que, si traéis cuidado, como he dicho, sin saber cómo, poco a poco os hallaréis en la cumbre”[4].


Pedagogía del conocimiento propio


Como parte de las enseñanzas de Santa Teresa de Jesús, hemos de aprehender la perfección como escuela de humanismo, cuyo centro está en el amor de Dios y del prójimo y cuyo punto de partida es la oración y consideración. Esta verdad, tan suya a lo largo de su vida, la llevó a sumergirse en Él y a determinarse a salir de sí para ir al encuentro del otro, movida por el deseo de reconocer en el rostro concreto de los hombres el rostro de su Creador y la dignidad de la criatura.


Una dignidad que nos urge redescubrir desde el conocimiento propio propuesto por la Santa, muy especialmente en su Libro de las Moradas, que nos invita a interpelarnos como el salmista, “¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que cuides de él?” [5], con el fin de sacudirnos de todo lo que nos ha distanciado del verdadero sentido de nuestra identidad. Ese conocernos no es abstracto; tiene su fundamento en la Humanidad de Jesús: “Por eso digo, hijas, que pongamos los ojos en Cristo, nuestro bien”[6].


Ese poner los ojos en Cristo, para Teresa, implica reconocer:


“Por un lado, los atributos divinos; en segundo lugar, el proyecto que Dios tiene sobre la criatura humana, valorando consiguientemente la hermosura y dignidad de toda persona humana y la consideración de los dones y talentos recibidos del mismo Dios. Y, finalmente un punto que no puede faltar para el mismo es, la toma de conciencia de las debilidades, pecados y limitaciones, pero vistas todas ellas desde el proyecto amoroso de Dios”[7].

Solo así seremos capaces de valorarnos y de aceptarnos para valorar y aceptar al otro, creando relaciones humanas cálidas, reales, sinceras, siendo agentes de cambio que, esculpidos en Cristo, reflejemos su presencia para comunicar con sentido evangélico, es decir en puro amor, el respecto, el diálogo, la tolerancia, la inclusión. “Parecíame en todas las partes de mi alma le veía claro como en un espejo, y también este espejo -yo no sé decir cómo- se esculpía todo en el mismo Señor por una comunicación que yo no sabré decir, muy amorosa” (Vida 40,5).



El gusano se ha de convertir en mariposa


Hablar del humanismo teresiano es hablar de transformación, de conversión. Como diría San Pablo, es morir a nosotros mismos en Cristo. Como diría San Ireneo de Lyon, “lo propio de Dios es hacer, lo propio del hombre es dejarse hacer” para que nazca el hombre nuevo que vive y actúa desde la caridad; ese hombre interior que no se desgasta en lo superfluo ni pasajero para cultivar un cielo que se labra en el ahora y del cual hace partícipe a todos sin excepción.


De ahí la insistencia de Teresa:


“¡Muera, muera este gusano, como lo hace en acabando de hacer para lo que fue criado!, y veréis cómo vemos a Dios y nos vemos tan metidas en su grandeza como lo está este gusanillo en este capucho. Mirad que digo ver a Dios, como dejo dicho que se da a sentir en esta manera de unión”[8].

Entonces, ¿a qué debemos morir? Aquí una primera tarea: hacer una pausa, traer a Cristo presente en este momento y examinar, libres de toda máscara, qué es lo que sale de nosotros que nos está deshumanizando: ¿quizá la soberbia, la vanidad, el amor propio, el egoísmo, la manipulación, la calumnia, la envidia, la cizaña…? “Si su Majestad nos mostró el amor con tan espantables obras y tormentos, ¿cómo queréis contentarle con solo palabras?”[9]. “Si trajésemos cuidado de acordarnos tenemos tal huésped dentro de nosotras, no diésemos tanto a las cosas del mundo, porque veríamos cuán bajas son para las que dentro poseemos”[10].


Estamos a tiempo de reaccionar e interiorizar que cuando el ser humano muere al mundo y mora en Cristo nacen actos de bondad que gestan vida, pero necesitamos hacernos espaldas unos con otros si queremos descubrir el acontecer de Dios en nuestras vidas y en el mundo, como lo experimentó Santa Teresa, en su comunidad, en su entorno, pero primero con su familia.


“En las cartas a sus familiares vamos a descubrir una Teresa cariñosa, cercana, entrañable, sensible, en la que todo lo familiar tiene un eco especial. Teresa ama de verdad a sus hermanos, goza con sus éxitos, sufre por sus enfermedades o contratiempos, lucha por defender sus intereses, etc. Su vocación religiosa y su entrega total al Señor, no son obstáculo para compartir los acontecimientos familiares e implicarse en ellos”[11].


Este trato, este ser y hacer en Cristo, como la mariposa que abre sus alas a una vida nueva, también se dinamiza al interior de su comunidad para que todas entren en la experiencia del proceso de humanización: “…hermanas, todo lo que pudiereis sin ofensa de Dios procurad ser afables y entender de manera con todas las personas que os trataren, que amen vuestra conversación y deseen vuestra manera de vivir y tratar y no se atemoricen ni amedrenten de la virtud (…) La intención recta, la voluntad determinada, como tengo dicho de no ofender a Dios. No dejéis arrinconar vuestra alma, que en lugar de procurar santidad sacará muchas imperfecciones que el demonio le pondrá por otras vías y, como he dicho, no aprovechará a sí a las otras tanto como pudiera”[12]. “Torno a decir, que para esto es menester no poner nuestro fundamento solo en rezar y contemplar; porque, si no procuráis virtudes y hay ejercicio de ellas, siempre os quedaréis enanas”[13]



Ejercicio de la virtud


El padre Enrique Uribe Jaramillo OCD, en su obra Santa Teresa creyente, orante y mística, afirmará que, “anclada en Cristo, su vida afectiva se despliega con una amplitud sorprendente y nada de su natural queda apartado de Él. Desde ahí puede liberar todas las fibras de su corazón y enraizadas en el Amado, descubrir lo que es humano. Mirándose a sí misma le aparece su verdad, la unión con Cristo, como plenitud de sí misma. Humildad, verdad, entrega, alegría, agradecimiento, amistad, servicio, misericordia, perdón, afecto, simplicidad, transparencia, sencillez, humor, paciencia, perseverancia, aguante son actitudes que emergen del humanismo teresiano”.


Sabe Teresa que, como buenos hortelanos, hemos de procurar que en el huerto del alma crezcan las virtudes que han de dar recreación a Jesús para que venga Él a deleitarse en nosotros y de ser necesario, procurar mirar lo bueno en el otro y tapar sus defectos con nuestros grandes pecados.


Pero hemos de estar atentos, diligentes. De esto se trata la oración que humaniza: de ver a Jesús en cada ser humano equivocado, forastero, enfermo, encarcelado, hambriento, perseguido, martirizado, propio o ajeno, para dejar de mirarnos en nuestras realidades y salir presurosos a ser apóstoles de la misericordia.


“Cuando yo veo almas muy diligentes a entender la oración que tienen y muy encapotadas cuando están en ella, que parece no se osan bullir ni menear el pensamiento porque no se les vaya un poquito de gusto y devoción que han tenido, háceme ver cuán poco entienden del camino por donde se alcanza la unión, y piensan que allí está todo el negocio. Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor, y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a tí; y si fuere menester, lo ayunes, porque ella lo coma, no tanto por ella, como porque sabes que tu Señor quiere aquello. Esta es la verdadera unión con su voluntad, y que si vieres loar mucho a una persona te alegres más mucho que si te loasen a tí. Esto, a la verdad, fácil es, que si hay humildad, antes tendrá pena de verse loar. Mas esta alegría de que se entiendan las virtudes de las hermanas es gran cosa, y cuando viéremos alguna falta en alguna, sentirla como si fuera en nosotras y encubrirla (…) Forzar vuestra voluntad para que se haga en todo la de las hermanas, aunque perdáis de vuestro derecho, y olvidar vuestro bien por el suyo, aunque más contradicción os haga el natural; y procurar tomar trabajo por quitarle al prójimo, cuando se ofreciere. No penséis que no ha de costar algo y que os lo habéis de hallar hecho. Mirad lo que costó a nuestro Esposo el amor que nos tuvo, que por librarnos de la muerte, la murió tan penosa como muerte de cruz”[14].



[1]Carlos María López-Fé y Figueroa, en su texto “El Centro de la libertad, antropología de la interioridad en Edith Stein. [2] Benjamín Guayanay Guayanay, Dios y el hombre según Teresa de Jesús: una propuesta para ahondar la fe en la religiosidad popular latinoamericana. [3] Camino de Perfección 4, 4. [4] Camino de Perfección 12, 3. [5] Salmo 8, 5. [6] 1M 2,11. [7] Fray Oswaldo Escobar, OCD, Conocimiento propio según Santa Teresa de Jesús. [8] 5M 2, 6. [9] 7M 4,8. [10] Camino de Perfección 28, 10. [11]Juan Luis Rodríguez, OCD, Humanismo de Santa Teresa en las cartas a sus familiares. [12] Camino de Perfección 41, 7-8. [13] 7M 4, 9. [14] 5M 3, 11-12.

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