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Dios en mi proceso personal - III Domingo de Cuaresma

Mirando hacia la Pascua


Lecturas: Ex. 3, 1-8a. 13-15 / 1 Cor. 10, 1-6. 10-12 / Lc. 13, 1-9


Estamos viviendo el tercer domingo del tiempo de cuaresma, mirando hacia la "Pascua del Señor", verdadero sentido de este, en nosotros los creyentes en Cristo. Situémonos en estos días de ayuno y penitencia, hacia la vida, la luz y la victoria sobre la muerte.


¿Por qué ayuno y penitencia?

El ayuno tiene un fin de caridad con los hermanos, y un propósito de conversión personal. Renunciamos a algunas cosas, haciendo un acto de caridad, para obtener del Señor alguna gracia espiritual. Hacemos penitencias con el fin de redimir algo que creemos hace falta para agradar más a Dios. Yo me pregunto; ¿esta forma de vivir la cuaresma está anclada en el concepto de redención por la muerte o la vida de Jesús? A veces nos forjamos ayunos que se cumplen rutinariamente sin un reflejo de amor al prójimo. Para muchas personas este tiempo es triste, tiene un halo negativo heredado de las tradiciones piadosas antiguas.


¿Sufrir para ser felices?

Sabemos que en la paradoja de las bienaventuranzas se nos invita a hacer lo que nadie piensa ni cree que se debe hacer, "felices los que lloran, porque recibirán consuelo, felices los perseguidos, de ellos es el reino de los cielos". (Mt. 5,4). En esta contradicción Jesús nos propone poner en el centro nuestra felicidad. El pecado y la conversión ocupan un lugar importante en el Evangelio, pero no logran transportar el foco que nos debe conducir a la plenitud.


El dolor, sufrimiento, enfermedad, y la cruz que todos llevamos, son parte del camino. Y sabemos que el centro de la espiritualidad cuaresmal lo ocupa la Cruz de Cristo, donde hay mucho dolor, sangre, azotes, espinas. Y todo esto tiende a entenebrecer la vivencia espiritual de estos días. Pero el verdadero sentido de este horizonte es la Resurrección. Cuaresma es camino hacia la Pascua, donde brilla la luz, el sol del amor, y se despierta la esperanza. Y este año estamos llamados a confiar más en Dios, elevando súplicas como hijos de la misma y única casa común amenazada por una guerra absurda. No perdamos la esperanza de una paz que solo puede venir del amor y poder del Señor.




Quita las sandalias de tus pies


Continuando con nuestro camino cuaresmal, la liturgia de hoy nos enseña unos pasos importantes en el proceso personal, comunitario o familiar. En la primera lectura de la Eucaristía, el Señor invita a Moisés a descalzarse para entrar en un terreno sagrado.


¿Qué es lo más sagrado en tu vida?

¿Cuál es el lugar donde debes descalzarte para oír la voz del Señor?


He leído un comentario bíblico que explica el signo de quitar las sandalias en tiempos de Moisés. "Lo hacían para no llevar ante Dios el polvo de la existencia común y corriente". No puedo acercarme a Dios sin despojarme de mis preocupaciones y deseos terrenales, distracciones, ruidos. Cuando descubro ese espacio sagrado dentro de mí, lugar íntimo y profundo del corazón, entro en ese silencio para oír a Dios, porque soy su imagen y semejanza.


Santa Teresa en las Moradas nos dice que nuestra alma es como un "castillo todo de un diamante o muy fino cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas." (Aunque no tenía un fácil acceso a la Biblia, hace alusión a Jn. 14,2) "¿Qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes, se deleita? No hallo yo cosa con que comparar la hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente a penas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla, así como no pueden llegar a considerar a Dios, pues Él mismo dice que nos creó a su imagen y semejanza." (1 M 1,1)




Descálzate ante tu propia alma, ese hermoso castillo interior donde mora el Rey de reyes.



Todos bebían de la roca espiritual


Pero en este proceso no vamos solos. En la segunda lectura, San Pablo a los Corintios dice que todos los hermanos "bebían de la misma roca espiritual, todos atravesaron el mar, todos bautizados en Moisés por la nube y por el mar, todos bebían y comían el mismo alimento espiritual..."


Vivimos en comunidad o en familia, pertenecemos a una sociedad que está sostenida por un organigrama de fuerza mayor, que se rige por un gobierno. En nuestra Iglesia esa roca espiritual es Cristo. El apóstol ve en esa roca la presencia de Cristo que nos alimenta, nos cuida... "nos ama".


Señor, déjala todavía este año


Y en el Evangelio, la parábola del dueño de la higuera, que revela la paciencia de Dios con cada uno de nosotros, como miembros del pueblo fiel que avanza hacia la Pascua. A veces nos aferramos a una seguridad que no es verdadera, proporcionada por esquemas o conceptos que nos atribuimos, están en nuestros entorno. Hoy son tantas las cosas que nos dan seguridad, pero no nos permiten dar el fruto que Dios espera. Solo si nos dejamos transformar por su amor, será eficaz su acción salvadora. El Evangelio nos invita a la conversión, y nos habla de la paciencia de Dios, Él es el dueño de nuestras almas, y nos espera... "Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante..."



 


Reflexión


Cada uno de nosotros sabe cuál es su propio estiércol, y brota de nuestro corazón esa súplica: "déjala".


La cuaresma es un tiempo de gracia; que los ayunos, la penitencia, los gestos de caridad (limosnas) no sean solo una actitud cuaresmal, sino un acto de amor que involucre toda mi persona... en el secreto del corazón... donde me descalzo ante la Presencia... rezo... amo. Cuando el fruto esta maduro, se desprende solo, su hermosura irradia la luz, su capacidad se ensancha. Ningún entendimiento humanos es capaz de comprender lo que "ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el pensamiento".


¡Qué grande es Dios! ¡Qué bendición para quien descubre su amor!


Oración


Aquí estoy Señor, me descalzo, quiero oír tu voz, quiero dejar atrás el polvo de mis infidelidades. Ayúdame a descubrir en mi castillo interior el aposento principal, donde tú reinas, vives, me esperas. Haz llegar a mis manos el pequeño y fino diamante de tu amor. Permite que el fruto de esta higuera madure y se desprenda solo. Amén.

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