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“Soy yo, el que está hablando contigo” (Jn 4, 26)

Un enfoque cristológico del texto de Jesús y la samaritana


En este tercer domingo del tiempo de Cuaresma del ciclo “A”, la liturgia nos ofrece el pasaje de Jesús y la samaritana. Es un texto muy característico del evangelio de San Juan que pertenece a los textos en los que se presenta la autorrevelación de Jesús al inicio de su actividad pública. Jesús se revela, hace signos, pero las personas no lo comprenden. Aun así, Él continúa dándose a conocer y llevando a todos el mensaje del reino de Dios.


Este texto tiene un fuerte contenido cristológico: pretende dar a conocer quién es la persona de Jesús, revelar su identidad, su misión y su mensaje. Aquí se revela a una mujer de Samaría quien es representante de todos nosotros. Jesús está continuamente encontrándonos en el pozo para darnos a beber de esa agua viva y revelarnos que Él es el enviado de Dios, el que nos invita a adorarlo en espíritu y en verdad. ¿Quién es Él? ¿Qué podemos conocer acerca de su persona y de su misión? ¿qué nos revela acerca del misterio de Dios y del Espíritu Santo? Este texto de Jesús y la samaritana puede ayudarnos a profundizar en el Mesías, el Enviado, el Hijo de Dios porque ofrece esa revelación progresiva de Él a esta mujer.



Ante todo, Jesús se presenta como un judío, un hombre que vivió hace un poco más de dos mil años en el territorio de Palestina. Un hombre que, como tal, tiene necesidades: “estaba fatigado del camino” (v. 6), pide: “Dame de beber” (v. 7), un hombre “humano”, valga la redundancia. Un hombre que también es parte de una religión, que vive una moral y practica unos ritos, que está dentro de su ambiente social, político y religioso. El Jesús de los cristianos es alguien que toma la iniciativa para encontrarse con el ser humano, no tiene reparos en utilizar cualquier medio para entablar una relación de amor capaz de cambiar la vida, Él es quien siempre sale al encuentro. Como en este pasaje, Él puede estarnos diciendo a cada uno hoy esas palabras para iniciar el encuentro: “Dame de beber”.


También Jesús es Señor. Esta palabra deja de ser tan general como “hombre” o “judío” y se transforma en un término con una connotación respetuosa. La mujer la utiliza con Cristo después que este le mencionara el “agua viva”. Para el cristiano, Jesús es Señor, es alguien a quien se le tiene respeto, a quien se le hace reverencia, alguien a quien, aunque no entendamos en un primer momento qué nos dice, igual le manifestamos una actitud de asombro. “Señor” es un término que podría ayudarnos a ponernos en una actitud humilde ante el misterio de Cristo.


Jesús, el Mesías, es la plenitud del Antiguo Testamento, es el mediador de la Nueva Alianza. Con él, el tiempo de los patriarcas ha llegado a su cumplimiento. Jesús, realización del designio salvífico de Dios, invita a todos los hombres a abrirse a la plenitud de la nueva ley, del amor, de la libertad, en suma, de todo lo nuevo. Hace falta mucho el abrirse a lo nuevo, a dejar atrás lo antiguo y lanzarse con esperanza al futuro. El cristiano es un hombre o mujer de esperanza.


Jesús también es profeta, que habla de parte de Dios y que cumple su misión. El texto en sí es evidencia de la misión apostólica en tierras de Samaría. Jesús lleva a todos el mensaje de Dios: “Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1, 15). Jesús habla palabras de perdón, de amor, de misericordia. Jesús comunica el mensaje de su Padre y actúa también en su nombre, realiza signos para mostrar la llegada del reino de Dios.

Jesús es el Mesías escatológico esperado, es “el que había de venir”. Es la revelación máxima del Padre, la suprema manifestación de su amor. Es el “Emmanuel” (Is 7, 14), la eterna presencia de Dios en el mundo, en los hombres. Para el cristiano Jesús es el Ungido, el amado del Padre, en quien Él tiene sus complacencias (Mt 3, 17). Para el cristiano la presencia de Jesús es un recuerdo agradecido del pasado y una confirmación que Dios siempre es fiel, que acompaña a la humanidad y realiza siempre ese designio salvador.


El pasaje también concluye con la revelación de Jesús como el Enviado y como el Salvador del mundo. Todo lo que hizo Jesús, todas sus palabras, sus acciones, sus gestos quedarían vacíos si no tuvieran una finalidad profunda y esta es la salvación. Jesús es el Salvador, incluso su mismo nombre eso indica: “Le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1, 31). El cristiano debe considerar que Jesús le ha salvado, que ya posee la salvación, aunque todavía no de forma completa, sino que esa salvación se va haciendo real en el día a día y tendrá su realización completa después de la muerte.


En este tiempo de Cuaresma nos estamos preparando para celebrar el misterio pascual en la Semana Santa. Nos vendría muy bien profundizar más en el conocimiento y en la experiencia de la persona de Jesús, el Dios hecho hombre que entregó su vida por amor y nos invita a vivir esa vida nueva, la vida del Espíritu. Que este texto de este domingo nos ayude a irnos adentrando cada vez más en ese misterio. Que así sea.



¿Y hoy? ¿Con cuál faceta de la persona de Jesús me identifico más? ¿Por qué? ¿Qué siento que Jesús me quiere mostrar?


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