SOLEMNE CONMEMORACIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA DEL MONTE CARMELO


«Después de Jesucristo, y salvando la distancia que existe entre lo finito y lo infinito, hay una criatura que fue también la gran alabanza de gloria de la Santísima Trinidad. Respondió plenamente a la elección divina»


Santa Isabel de la Trinidad


Queridos hermanos! En esta ocasión tengo el inmerecido privilegio de hablar de la flor y hermosura del Carmelo. ¿Qué palabras pueden embellecerla más? Ninguna! ¿Qué mensaje podría verdaderamente hablar de nuestro profundo sentir hacia ella? Ninguno! Entonces, la pregunta del millón sería! ¿Por qué leer este escrito? Simple y sencillamente porque el Carmelo es todo de María, porque ella es nuestra madre, y porque el Carmelo Descalzo más que una estructura física, viene del manto blanco de nuestra madre Santísima. Por lo tanto, a ella la orden le debe todo cuanto es. La liturgia de este día se hace en acción de gracias al Padre por este don inmenso de su amor, y alabanza a María en la contemplación de su misterio y su misión como madre de todos los hombres y reina del Carmelo Descalzo. Aquella mujer que en su humildad es un misterio, tanto así que hasta los ángeles se preguntan, ¿quién es ésta? Ahora sí, todo cobra sentido… empecemos pues esta aventura de navegar en este océano de amor y dejémonos guiar por la estrella de los mares.


Desde el principio, por amor Dios nos creó: Génesis 1,26 "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza". Sin embargo, la oscuridad quiso nublar la hermosa luz del castillo interior del hombre y la mujer al tentarlo. Con mentiras y falacias, la serpiente engañó a Eva para desconfiar de la Palabra de Dios. Desde ese instante, Dios nunca abandonó el destino de la humanidad al azar. Todo lo contrario, parece que nos benefició ese suceso, puesto que antes éramos criaturas de Dios y posteriormente llegamos a ser hijos por adopción filial. El libro del Génesis lo dice claramente: Génesis 3,15 "Haré que haya enemistad entre ti y la mujer, entre su decendencia y la suya" Momento sublime, en el cual Dios amó hasta el extremo a la humanidad a través de Jesús Nuestro Señor. Actualmente, sabemos que María con su sí fue esa mujer mencionada en el Génesis, esa puerta que nos dio entrada al paraíso: Jesús.


En el primer libro de los Reyes, aparece el profeta Elías como prefigura de Cristo para liberar al pueblo de Israel de la opresión a la que estaban sometidos y de la idolatría de apartarse de los mandamientos de la ley de Dios para servir a Baal. De hecho, esta lectura del sacrificio del Monte Carmelo es una de las grandes manifestaciones de Dios en el Antiguo Testamento. Yahvé se adelanta para conmover a un pueblo indiferente. Teológicamente, el ascender, subir o llegar a un lugar alto para la cultura judía representa desde la antigüedad la cercanía con Dios, tener un encuentro con el Amado. Precisamente, en ese contexto el primer libro de los Reyes 18,41-46 nos da una clave importantísima porque menciona que mientras el profeta Elías subía a la cumbre del monte

Carmelo, se postró con el rostro en tierra entre las rodillas. Es decir, con una actitud de adoración total a Dios. En ese momento, se ve una nube pequeña que subía del mar, dicha nube se conoce como una tipología (símbolo) que representa a María como esa nube que viene cargada de la más grande bendición de toda la humidad, Jesucristo mismo. De hecho, los marineros, antes de la edad de la electrónica, dependían de las estrellas para marcar su rumbo en el inmenso océano. De aquí la analogía con La Virgen María quien como, estrella del mar, nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo.



"Sabemos muy bien que la Santísima Virgen es la reina del cielo y de la tierra, pero es más

madre que reina".


Sta. Teresita del Niño Jesús


Continuando con la historia de la salvación, para todos nosotros, no es ningún secreto que para los primeros discípulos de Jesús la figura de Nuestra Madre Santísima tenía una gran importancia. Lo vemos claramente en la carta de San Pablo a los Gálatas 4,4: "Mas cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su hijo, nacido bajo la ley". Dicha mujer, lógicamente es nuestra Madre. ¡Que privilegio! En ese sentido, es importante recordar que María antes de concebir a Jesús en su vientre lo concibió en su mente y en su corazón. Ella escuchó sus primeros balbuceos, le enseñó a rezar, lo corrigió, entre tantas cosas más de la vida cotidiana, pero sobre todo lo amó como nadie más lo ha amado, lo amó inclusive cuando no entendía en su mente, cuando su corazón era atravesado por siete espadas al ver a su hijo llagado, desfigurado por nuestros pecados. Fue allí precisamente, al pie de la cruz que ella con el corazón destrozado repitió nuevamente: Hágase en mí según tu palabra. Lo repitió en silencio, un silencio de amor. Con razón dijo la primera santa Latinoamericana: "Mi espejo ha de ser María. Puesto que soy su hija, debo parecerme a Ella y así me pareceré a Jesús". Santa Teresa de los Andes.


Nuestra madre, madre de Dios, madre de la iglesia, acompañó a esa iglesia naciente. Según el teólogo René Lauretín, la anunciación de María Santísima (San Lucas 1, 26-38) es un proto-pentecostés, porque con su hágase le permite a Dios ser llenada del Espíritu Santo. Por eso, después de la ascensión de Jesús al cielo todos esperaban en el cenáculo la Promesa del Padre. ¿Quién mejor que ella para acompañarlos si ella estaba llena del Espíritu Santo? Nadie! Por eso ella acompaña a la iglesia naciente a orar y esperar en Dios. (Hechos 1,14) Junto a ella, la iglesia recibe al Espíritu Santo que impulsa a misionar. En efecto, aquellos discípulos cobardes reciben la fuerza de la llama del amor viva y se vuelven en evangelizadores llenos de valentía, tanto así que fueron los primeros mártires, cuya sangre sigue siendo semilla de la iglesia.


En el Libro de la Vida Santa Teresa de Jesús nos dice algo sumamente inspirador: "Estando haciendo oración en la iglesia antes que entrase en el monasterio, estando casi en arrobamiento, vi a Cristo que con grande amor me pareció me recibía y ponía una corona y agradeciéndome lo que había hecho por su Madre. Otra vez, estando todas en el coro en oración después de Completas, vi a nuestra Señora con grandísima gloria, con manto blanco, y debajo de él parecía ampararnos a todas; entendí cuán alto grado de gloria daría el Señor a las de esta casa". Por eso, llevar el santo escapulario es como estar amparados en el manto de María, protegidos por su amor maternal y por su dulzura.


Dice la tradición, que el 16 de Julio de 1251 se le apareció a San Simón Stock general de la Orden del Carmen mientras cantaban el Salve Regina y ella prometió ser para ellos su Estrella del Mar y les dio el escapulario como signo de su protección y ayuda. Desde entonces, creció mucho la devoción por la Virgen del Carmen y su escapulario hasta nuestros días; siendo una de las advocaciones marianas más amadas en todo el mundo.


Ahora bien, ¿Qué representa la Virgen Santísima y el escapulario para todos nosotros? Históricamente, el escapulario es una pieza medieval. Esta palabra viene de la palabra escápula que significa hombro, que es una prenda que cuelga de los hombros. Era el mandil, el delantal, que se utilizaba en la edad media para no mancharse. De la misma forma, el santo escapulario es un sacramental que la Iglesia ha aprobado como signo que nos ayuda a vivir santamente y a aumentar nuestra devoción. Este hermoso sacramental debe mover nuestros corazones a renunciar a todo pecado, incluso al venial, puesto que con el tratamos de imitar las virtudes de Nuestra Madre Santísima. En este día, María quiere regalarnos su delantal que representa la sencillez, la protección, el pertenecer a una familia, la familia del Carmelo Descalzo. Esto quiere decir que María es cercana, y quiere vivir en nuestro día a día para que seamos motivo de alabanza perpetua a Dios. Si tu vibras con esta Orden del Carmelo Seglar, si tu te identificas, si tu amas con todo tu corazón, entonces este es el lugar que Dios ha elegido para ti. Solamente nos queda decir como María Santísima. Hágase en mí según tu palabra, para llegar a la cima de la perfección que es Jesús, el Amado. Este es un día perfecto para agradecer profundamente a Dios por el regalo más hermoso, por la flor más hermosa del jardín de santidad: Nuestra Señora del Monte Carmelo.


¡Que viva la Virgen del Carmen!

Irvin Escamilla, OCDS Panamá


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