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Santa Teresa de Jesús, maestra de fraternidad

El 27 de septiembre de 1970, Santa Teresa de Jesús fue declarada doctora de la Iglesia por el papa Pablo VI. Un doctor de la Iglesia es un título otorgado por el Papa o un concilio ecuménico a ciertos santos en razón de su erudición y en reconocimiento como eminentes maestros de la fe para los fieles de todos los tiempos. Los doctores de la Iglesia, entonces, tienen algo qué enseñar a los cristianos, su enseñanza es vigente, actual y universal.


Santa Teresa, entonces, fue declarada maestra y en este sentido, atendiendo a sus palabras: “Porque una merced es dar el Señor la merced, y otra es entender qué merced es y qué gracia, otra es saber decirla y dar a entender cómo es” (V 17, 5), nos damos cuenta de que ella ha recibido una experiencia de Dios, y Él mismo le ha dado la gracia de entenderla y de saberla expresar. Por eso Teresa también es maestra, porque comunica y da a entender lo que Dios hace, en su caso, lo que ella misma ha experimentado.



De lo mucho que ella recibió de Dios, vamos a profundizar en un aspecto teresiano por excelencia, el de la fraternidad. ¿Tiene ella algo que enseñarnos respecto a este tema? ¿Qué invitaciones nos hace Teresa de Jesús respecto a la fraternidad? Las claves para profundizar en este aspecto de la doctrina teresiana las vamos a tomar de las características que ella propone que debe tener la comunidad teresiana. Ella, en sus conventos tanto de monjas como de frailes, menciona que deben existir unos rasgos que evidencian la verdadera fraternidad, ¿cuáles son? Veamos algunos:


1. La comunidad debe estar fundamentada en Dios, esto es debe tener un enclave teologal. La comunidad, en la que se vive la fraternidad, no es una simple realización humana, sino que se fundamenta en Dios, responde a un llamado de Dios. Cada hermano es un don, la comunidad pertenece al Señor y es obra suya. La comunidad es realizada y sostenida por el Espíritu.


Tener siempre como fundamento a Dios en la comunidad nos va a ayudar a ver en el otro la presencia de Jesús, a vivir el mandamiento del amor, el servicio, la escucha y, en fin, a ser mejores hermanos y cristianos. No se puede vivir la verdadera fraternidad desde un punto de vista meramente humano, la fraternidad auténtica tiene como pilar a Dios mismo. Teresa enseñó esto a sus monjas y nos lo sigue enseñando a nosotros: «El Señor mora con nosotras, esta casa es “rinconcito” de Dios», «morada en la que su majestad se deleita» (V 35, 12).


2. En la comunidad está la necesidad inevitable del amor mutuo. La verdadera fraternidad tiene su origen en el mismo Jesús quien “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1) y que dijo: “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15, 12). En la comunidad cristiana y teresiana, el mandamiento del amor es la justificación de la fraternidad, si Él se nos ha revelado como “amigo verdadero”, nosotros debemos ser amigos de todos amándolos como Jesús los ama. Teresa asumió esto y por eso dice a sus monjas: “aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar” (C 4, 7).


3. La comunidad es un espacio para formarse, para crecer en las virtudes. La verdadera fraternidad también lleva al conocimiento propio, a la práctica del servicio, a la corrección fraterna y, en síntesis, a la verdadera santidad. La fraternidad consiste en ayudarnos todos, cada uno con lo que le corresponde, a hacer crecer el ideal de la comunidad que es reproducir la imagen de la Trinidad, donde se vive la comunión y el amor.


La fraternidad también nos ayuda a aprender de otros, a dejarnos enseñar y a crecer en la humildad. Para Teresa, los otros son fuente de conocimiento propio y de santidad: “Este concierto querría hiciésemos los cinco que al presente nos amamos en Cristo, que procurásemos juntarnos alguna vez para desengañar unos a otros, y decir en lo que podríamos enmendarnos y contentar más a Dios” (V 16, 7).




Para Teresa la fraternidad es uno de los tres pilares en los que se sostiene el carisma carmelitano teresiano. Ella definitivamente tiene mucho que enseñarnos. Hoy más que nunca necesitamos la fraternidad, en nuestro mundo tan lleno de divisiones, guerras, conflictos, maldad, indiferencia, hoy los cristianos estamos llamados a ser testigos de que en Cristo todos somos hermanos y que tenemos un Padre en común.


Que las enseñanzas de Teresa de Jesús nos motiven a seguir caminando y construyendo en este mundo una auténtica fraternidad, porque


Nadie puede pelear la vida aisladamente. Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos! Solos se corre el riesgo de tener espejismos, en los que ves lo que no hay; los sueños se construyen juntos” (Papa Francisco, Fratelli tutti, 8).
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