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Noche en que se une el cielo con la tierra

¡Feliz Pascua de Resurrección!

Hoy no es un día cualquiera, hoy es la Pascua del Señor, los cielos y la tierra se unen en una sola voz, ¡Gloria!

La tierra vivió en la oscuridad por el pecado, el pueblo escogido estaba extraviado y lloraba por el Mesías, pero ya no hay más dolor ni rechinar de dientes porque la Pascua ya está aquí.

Luego de pasar la semana santa, días de reflexión, de celebraciones litúrgicas con muchos signos, con tradiciones arraigadas en todos los pueblos, con familias unidas. Todos de cierta manera somos tocados por estos días pasados, pero es muy triste ser conscientes que muchos católicos, son sólo católicos de semana santa o de un viernes santo. Hemos visto en nuestros barrios grandes procesiones acompañando al Santo Sepulcro y desaparecemos entre la algarabía de los días festivos, nos quedamos en los quehaceres o el descanso y no llegamos a la Vigilia Pascual, en muchos lugares ni siquiera ya no se menciona la Pascua. Vivimos muchas veces sumergidos en la tristeza, en la desolación, sumergidos en el padecer de cada día, en el dolor…

Es urgente y necesario profundizar y enraizar en nuestra vida lo que significa la Pascua. Debemos sacar el canto del gloria de la Vigilia Pascual de los templos a las calles, a los barrios, al trabajo, al día a día. Tenemos el deber de Eucaristizar nuestra vida, inundar nuestro ser con la alegría que no es efímera, que nace de la convicción de sabernos amados por un Dios que entregó a su propio Hijo para nuestra salvación, un Dios hecho hombre, que no se conformó con ser un hombre bueno, sino que fue más allá; entregó libremente su vida, no se la arrebataron, sino que Él la entregó por la salvación de todos y no conforme con ello, un Dios que quiso quedarse cada día con nosotros, un Dios que es cercano, que está en el mismo centro de cada uno.



¿Hoy es Pascua y mañana?

Hace unos años, visite a un amigo que está con detención domiciliaria, recuerdo que era en la octava de Pascua, yo venía con mucho cansancio de todas las celebraciones de semana santa, y esperando ver a mi amigo triste por su situación. Grande fue mi sorpresa, al ver que me recibió con una sonrisa esperanzadora, y con un abrazo enorme me dijo: feliz Pascua para ti, que hoy y cada día seamos felices porque Dios resucitó. Yo me quedé muy conmovida y conversando llega el segundo comentario, “los cristianos normalmente nos olvidamos pronto de la Pascua”, de la felicidad que nos nace en la Pascua. Desde ese momento quedó grabado en mi corazón, la certeza de que la felicidad radica y nace en la Pascua, nace desde la nueva vida que nos da Cristo con su Resurrección.

Vivir la Semana Santa no es simplemente recordar hechos del pasado, no es sólo cumplir ritos y celebraciones litúrgicas, sino que implica entrar en un misterio que transforma la vida. Cada día ofrece una enseñanza, una llamada, una oportunidad de conversión. El vivir la Pascua, también debe ser para nosotros el paso del hombre viejo, al hombre nuevo, el paso de conversión, de permitir a Dios cambiar el corazón de piedra por un corazón de carne.

La celebración de la Pascua nos saca de la oscuridad en la que vivimos, así lo proclamamos en la vigilia Pascual:

 “Y así, esta noche santa

ahuyenta los pecados,

lava las culpas,

devuelve la inocencia a los caídos,

la alegría a los tristes,

expulsa el odio,

trae la concordia,

doblega a los poderosos".[1]

Qué gracia recibida en esta santa noche, donde el cielo y la tierra se abrazan y nos permiten unirnos a todos los ángeles para cantar a una sola voz ¡Gloria!. Es la noche que transforma nuestras noches, nuestras tristezas, dejémonos inundar por su gracia, por su perdón, dejémonos amar por Dios.


Al atardecer de la vida, nace la Vida

La Pascua no es sólo un acontecimiento litúrgico cargado de muchos signos, sino que es la certeza de que hay algo más allá de la muerte, está la vida eterna. En el Pregón Pascual proclamado en la Vigilia, escuchamos:

“Ésta es la noche

en que, rotas las cadenas de la muerte,

Cristo asciende victorioso del abismo.”[2]

Es la certeza de fe que nos acompaña ante la inevitable muerte de un ser querido, nos sabemos sostenidos porque ya la muerte no tiene la última palabra, todos los que se adelantaron a nosotros están en el Reino de los Cielos y los encontramos cada vez que celebramos la Eucaristía, es un beso que nos dan todos ellos cuando la plegaria eucarística, nos dice, “Acuérdate, Señor, de tus hijos N. y N. y de todos los aquí reunidos, cuya fe y entrega bien conoces; por ellos y todos los suyos, por el perdón de sus pecados y la salvación que esperan, te ofrecemos, y ellos mismos te ofrecen, este sacrificio de alabanza, a ti, eterno Dios, vivo y verdadero.”[3] 

Sigamos como Iglesia peregrina, no sólo la terrena sino la celeste, viviendo cada día la Pascua, donde el Amor vence a la muerte, vence al odio, donde la Luz vence a las tinieblas.


Vivamos junto a Cristo Jesús la Pascua, aprendamos a caminar y a crecer en su Amor y a testimoniarlo con un compromiso reflexivo, en un tiempo en el que nos dejamos llevar demasiado por eslóganes superficiales ligados sólo a la emoción; a testimoniarlo con la palabra, sabiendo decir bien lo que tenemos que decir, sin ceder a las habladurías y a la denigración del otro; a dar testimonio con nuestras acciones, sabiendo que el amor que vivimos en plenitud siguiendo el ejemplo de Jesús muestra lo que nos diferencia de los demás, y no por privilegio o vanagloria, sino porque nos dejamos inspirar y guiar por el Amor misericordioso de Dios, porque nos dejamos amar por su amor. Que la alegría de Jesús resucitado sea un estímulo para que todos aprendan a amarse: en la familia, en el trabajo, en el deporte, en el tiempo libre, en la parroquia... Jesús, el Señor, resucitó y nos amó primero, cuando todavía éramos pecadores, y así nos hizo capaces de amar con su propio amor. Depende de nosotros creerlo, para demostrarlo con nuestras vidas.

 


[1] Pregón Pascual

[2] Pregón Pascual

[3] Misal Romano 85.Conmemoracion de los vivos

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