Del dios del truco al Dios del Amor
- Diego Nuño
- hace 4 horas
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Hay una idea que puede fácilmente colarse en nuestra vida espiritual, la sensación de que Dios nos está poniendo a prueba constantemente. Como si su amor dependiera de que acertemos a todas las preguntas de un examen. O como si cada dificultad escondiera una especie de truco diseñado para medir nuestro valor.
Muchas veces podemos vivir nuestra fe con la impresión de que debemos demostrarle algo a Dios para “ganarnos” su amor: elegir siempre bien, no equivocarse, interpretar correctamente lo que ocurre en la vida.
Dios aparece entonces como alguien que propone desafíos y espera, desde cierta distancia, a ver cómo respondemos.
Sin embargo, Jesús nos presenta a un Dios muy distinto a esta idea.

Jesús habla de un Padre.
Un padre que no observa a sus hijos desde lejos para evaluar su rendimiento. Más bien busca ser cercano, ama y nos acompaña. No se esconde detrás de un truco o prueba para ver si su hijo lo encuentra o es capaz de superarlas, sino que permanece con ellos y los guía con ternura.
Esto no significa que la vida cristiana esté libre de dificultades. La fe no elimina las preguntas, las decisiones complejas ni los momentos de oscuridad. Pero hay una diferencia profunda entre pensar que Dios envía esas dificultades como pruebas y descubrir que Él atraviesa con nosotros esos momentos.
Al decir que Dios nos ama, me estaría quedando corto, pues Dios no nos ama como los hombres, mi idea del amor es limitada frente al Amor de Dios que estalla en ternura, deseoso por encontrarnos, revelarnos su belleza, y que lo elijamos, lo reconozcamos esencial en nuestra vida. Dios no quiere quedarse sólo en el banco mirando, quiere vivir la aventura con nosotros y guiarnos una y otra vez al encuentro con su amor que nunca termina por ser agotado ni por agotarse.

Pero entonces, si Dios está tan deseoso de encontrarse con nosotros, ¿Porque seguimos teniendo estas concepciones erróneas de Él? Aquí hay tres razones por las que podrías sentirte de este modo:
Autoreferenciación (mirarnos demasiado a nosotros)
Quizá una de las primeras barreras aparece cuando nos colocamos demasiado en el centro de la relación con Dios.
Aquí aparece uno de los enemigos más silenciosos del amor: el egoísmo. Que nos hace pensar que en la relación con Dios lo único importante soy yo, mis ideas y sentimientos.
Muchas veces nos acercamos a Dios desde nuestras propias referencias, desde imágenes que hemos construido a partir de experiencias humanas, propias o ajenas. Si en nuestra historia el amor se sintió condicionado, si alguna vez tuvimos que “ganarlo” o demostrar que lo merecíamos, podemos terminar pensando que con Dios ocurre lo mismo. Y sin darnos cuenta, encasillamos a Dios dentro de esas ideas. Nos acercamos a Él desde nuestras heridas, desde el miedo a equivocarnos, desde la necesidad de hacerlo todo bien.
Y así, poco a poco la relación pierde algo esencial: la humildad en el encuentro.
En lugar de acercarnos a Dios como quien desea conocer un misterio siempre mayor, nos acercamos como quien cree que ya sabe cómo funciona la relación. De tal manera que, en ese acercamiento no hay misterio, descubrimiento ni asombro, sólo reduccionismo, a veces nuestras propias referencias se convierten en barreras para ese encuentro que busca cambiar nuestra idea herida e incompleta del amor.

2. Vivir en automático
Otra barrera que puede alejarnos de una imagen verdadera de Dios es la vida vivida en automático.
Dios es muy romántico, en repetidos momentos del día está sorprendiéndonos con pequeños detalles para mostrarnos ese amor, nos busca, nos habla y nos sorprende. Seguramente ya lo has experimentado, por eso, en lugar de darte un ejemplo te pido que hagas una pequeña pausa para recordar esos momentos de detalles donde se hizo presente Dios en tu día.
Sin embargo, muchos de estos detalles pasan desapercibidos. Vivimos tan llenos de actividades, pendientes y preocupaciones que avanzamos por el día casi sin detenernos, como si todo ocurriera en piloto automático. En medio de ese ritmo acelerado, el corazón pierde la capacidad de percibir lo pequeño, y con ello también se vuelve más difícil reconocer la presencia de Dios.
Dios no se manifiesta únicamente en momentos extraordinarios, sino también en la vida cotidiana, en medio de nuestras tareas más simples. Por eso resulta importante aprender a ver la realidad que vivimos desde la expectativa abundante que surge del encuentro con Dios que da sin medida.
No cerremos los ojos a los detalles que Dios tiene para con nosotros. No dejemos que pasen en el anonimato. Más bien aprendamos a reconocer a ese Dios que camina con nosotros durante todo el día, a agradecer su presencia y a tener pequeños momentos para encontrarnos con Él.

3. Querer controlar a Dios en lugar de confiar en Él
Por último, está la tentación de querer tener el control de todo. No serías el único: muchas personas intentan vivir con todo medido, calculado y bajo control.
Pero el encuentro con Dios no es exactamente una caminata sencilla por el bosque, se parecería más a caminar por el agua en medio de una tormenta. En total terreno desconocido, y no es que Dios sea arbitrario, si no que nos excede, y aquello que nos parece inimaginable puede ser también parte de la aventura a la que nos invita Dios a vivir con Él.
Por eso te digo, No tengas miedo de lanzarte a dónde escuchas su voz. No tengas miedo de mirar con esperanza el horizonte que Dios abre ante ti. Ningún sueño es demasiado grande para Él.
Déjate guiar, déjate amar por Él.
Conclusión
Muchas veces puede ser el miedo o nuestra herida la que guíe nuestra relación con Dios, pero Él quiere proponernos un nuevo camino que sea su amor el punto de referencia.
Pero no podemos llegar a esto si tenemos por Dios a un extraño, necesitamos del encuentro cotidiano con Él, sin expectativas, ni controles ni caras ocultas, sólo tu y Dios en la intimidad de la oración
Y así pasar de la caricatura de un Dios que nos pone trucos y evaluaciones al verdadero Dios que es Amor.
