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Navidad, por ti Dios se hizo hombre

Despierta tú que duermes, Dios nació en la tierra por ti.

Una vez más celebramos el misterio de la humanización de Dios y la divinización del hombre. ¿Qué mayor gracia podía hacernos Dios? Teniendo un Hijo único lo hizo Hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios. (Sermones de San Agustín)




Dios se hace niño, nace en un portal, su cuna son las pajas de un pesebre, su Madre lo recibe con estupor y gozo, José busca leña para calentarle. Unos pastores de aquella comarca llegan impresionados, porque desde el cielo se les anuncia el nacimiento del Niño. (Lc. 2, 8-16)

A los ocho día lo circuncidaron dándole el nombre de Jesús. Al presentarlo en el Templo un anciano que esperaba ver al salvador del mundo antes de morir, dice su "Nunc dimitis", ahora Señor puedes dejar que tu siervo se vaya en paz. Y profetiza a María el dolor de su alma ante la Cruz. (Lc. 2, 29-35)

Después unos magos de Oriente vienen a adorarlo como a Rey, guiados por una estrella. (Mt. 2,1) Es entonces cuando otro rey, Herodes, lo busca para matarlo, José y María toman al Niño y hullen a Egipto. (Mt. 2,13)



Cuando este rey perseguidor muere, regresan a su tierra y Jesús crece en sabiduría y gracia, el amor de José y María en un ambiente sencillo y normal, no permite presagiar lo que será este niño en el futuro. Solo un hecho cuando tenía doce años, revela la trascendencia de su ser "Dios". Sus padres lo buscaban angustiados, ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? (Lc. 2, 46-50)


El que era la Palabra substancial del Padre, engendrado antes del tiempo, hoy se ha anonadado a sí mismo, haciéndose carne por nosotros. (Liturgia de las horas)

Y no hizo alarde de su categoría de Dios, bajó hasta nosotros, (Filipenses 2, 6) pasó como uno de tantos, lo hizo para redimir del mal a todo hombre y mujer de todos los tiempos.



Cuando llegó el momento de anunciar el Reino de su Padre, se rebajó como el peor de los condenados, se sometió a morir crucificado. Por llamarse Hijo de Dios lo condenaron, pero ¿quién dictó esa sentencia? Todos nosotros, el pecado de la humanidad fue la causa de su muerte en la Cruz.


Estarías muerto para siempre, si Él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca hubieras sido librado de la carne del pecado, si Él no hubiera asumido una carne semejante a la del pecado. Estarías condenado a una miseria eterna, si no hubieras recibido tan gran misericordia. (San Agustín, sermón 185)

La vida es una lucha entre el bien y el mal, para lograr la victoria del bien Él se sometió voluntariamente a nuestra muerte, dice San Agustín.

Dios, el creador de todo; la vida, el amor, el bien, la naturaleza, todo esto no puede ser destruido por el pecado. Esa es la razón por qué es tan importante celebrar el aniversario del nacimiento del niño Dios, "el gran día que vino al día tan breve de esta, nuestra vida temporal".


Camino extraordinario


Es posible alcanzar esa plenitud de vida, que nos trae Jesús al venir al mundo para salvarnos. Tenemos que optar por ese camino extra-ordinario, es decir, fuera de lo común. Salir de nuestro metro cuadrado para descubrir todas las maravillas que están fuera de ese individualismo que nos paraliza.


Hemos celebrado ciento cincuenta años del nacimiento de santa Teresa del Niño Jesús, cien años de su beatificación, y en dos años más el festejo será por el centenario de su canonización. Creo que es una buena razón para resaltar en esta reflexión, el testimonio de un recorrido extraordinario, no de ella, sino de sus padres, los santos Luis y Celia Martin.



Ellos nos enseñan que la vocación matrimonial también es un camino de santidad, toda vocación vivida desde el amor y la libertad es camino de santidad, como dice el Papa Francisco, es la santidad de lo ordinario.

La santa más grande de los tiempos modernos recibió el ejemplo de unos padres santos, que solo pudieron educar a cinco de sus nueve hijos, cuatro volaron al cielo siendo muy pequeños. En esa tarea prevalecía siempre la dulzura, pero arraigada en la firmeza, la caridad con los demás y el amor incondicional a Dios.

En el proceso de Teresa, sus hermanas testificaron que; no habían sido mimadas por sus padres, "nuestra madre velaba con gran cuidado por el alma de sus hijas y la más pequeña falta no se quedaba nunca sin reprimenda" (Teresa de Lisieux-Procesos de beatificación y canonización)


La autoridad, la confianza, el buen ejemplo y su profunda fe en Dios, forman parte de la pedagogía educativa del matrimonio Martin con sus cinco hijas.


Obedecíamos por amor, testificaba Celina.

Mi padre y mi madre, decía María, tenían una profunda fe y, oyéndoles hablar juntos de la eternidad, nosotras nos sentíamos inclinadas, por jóvenes que fuésemos, a mirar las cosas del mundo como pura vanidad.

En una ocasión María, muy atraída en su juventud por los títulos, cortó unas flores del jardín de una casa de un familiar, "y manifiesta su deseo de llevarlas al colegio, su padre adivina la verdadera intención, y la reprende energicamente: ¡y después dirás que vienen de tu propiedad! Aquella lección la marcó profundamente". (Hélène Mongin)

Leonia, la tercera hija, desde pequeña con problemas de salud y de un carácter difícil. Hoy se sabe que sus enfermedades crónicas eran un motivo de mucho sufrimiento, a ello se añade el traumatismo por la pérdida de su hermana Helena. Esta niña murió a los cinco años, era la compañera de juegos de Leonia.

Las hijas Martin de acuerdo a su edad, van por parejas, primero María y Paulina, después Leonia y Helena, las últimas Celina y Teresa. Pero Helena murió cuando Leonia tenía siete años. Cuando nació Teresa, Celina se unió a ella, y la pobre Leonia se vio en la incomodidad de ser demasiado pequeña para las mayores, y muy mayor para las pequeñas. "Se sentía abandonada, aparecen los caprichos, mentía, no cumplía sus promesas, se enfadaba violentamente. Cuando cumplió nueve años, Celia escribe: Yo no puedo analizar su carácter, por lo demás los más sabios perderían en ello su prestigio; espero, con todo, que la buena semilla aflorará algún día de la tierra. Si llego a verlo, cantaré mi nunc dimittis". (Hélène Mongin)

Leonia hoy está en proceso de beatificación, sin duda Celia ya ha cantado su nunc dimittis en el cielo.


Levantaos, alzad la cabeza


Se acerca el día de nuestra salvación, el día breve de esta, nuestra vida temporal. Ese renuevo del tronco de Jesé brota a cada instante en la tierra. Hemos visto unos brotes que ya han dado raíces en el tiempo, esa familia santa del siglo XIX, los Martin.




Todos estamos invitados a vivir esta aventura de amor en las manos del Señor, porque ese gran día quedó borrada la iniquidad de la tierra, y su Reino está aquí, ahora.


A los que queden en Sión, a los restantes en Jerusalén, los llamarán santos: serán inscritos para vivir en Jerusalén. (Is. 4, 3)

Son tantos los santos que han sido inscritos en ese libro de la Vida, y habitan en la Jerusalén celestial. Cuando Jesús nació de María, se cumplió el tiempo, y todos los seres humanos recibimos la condición de hijos del Altísimo, "lo hizo Hijo del hombre", para que todos nosotros nos hiciéramos hijos de Dios.


Atención, levantemos la cabeza para mirar, no nos quedemos en lo más próximo; las luces, el regalo, ropa nueva, fiesta, compras, y tantas otras cosas que hacemos en estos días para celebrar. Que nuestra mirada vaya hacia el infinito de Dios, y con un corazón adorante, contemplemos el misterio.

"Dios ha hecho aparecer a la vista de todos los hombres la gracia que nos trae la salud; y nos enseña a vivir con sensatez, justicia y religiosidad en esta vida, desechando la impiedad y las ambiciones del mundo". (Tt. 2, 11-12)

En la Eucaristía de Nochebuena, donde en todo el mundo entonamos ese canto "Noche de paz", podemos decir al pequeño Niño del pesebre, con San Juan, que tan bellamente lo escribió en su carta:


"Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y lo que tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida (porque la vida se ha manifestado, y nosotros hemos visto y testificamos y os anunciamos esta vida eterna, la que estaba con el Padre y se nos ha manifestado): lo que hemos visto y oído os lo anunciamos, a fin de que viváis en comunión con nosotros. Y esta, nuestra comunión de vida es con el Padre y con su hijo Jesucristo". (1Jn. 1, 1-3)


Referencias:

Liturgia de las Horas

Evangelios de Mateo y Lucas

Santos de lo Ordinario - Hélène Mongin

Teresa de Lisieux - Procesos de B. y Canonización






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