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¿Qué harías si Jesús te invita al Tabor? - II Domingo de Cuaresma


Imaginemos por un momento, que Jesús nos llama por nuestro nombre, y nos lleva al monte Tabor a orar, tal y como a Pedro, Santiago y Juan. Podemos contemplar con nuestros propios ojos la escena de la transfiguración. ¿Cuál es mi sentimiento? ¿Será de miedo o temor? ¿O alegría? o quizás diremos como Pedro, “que bien se está aquí, hagamos tres tiendas”.


Tal como pasa en la transfiguración, muchas veces nosotros queremos quedarnos en el momento donde “se está bien”, esto puede ser un instante de oración, o durante la Eucaristía, o en el espacio que nos proporciona un retiro, la meditación y el silencio. ¡Qué bien se está! y deseamos que no acabe.


Te imaginas qué hubiera pasdo si Jesús y sus discípulos se hubieran quedado en las tiendas, sin bajar del monte para afrontar el escándalo de la cruz, y la gloria de la salvación a través de ella. Es lo que ahora en este domingo de cuaresma nos llama a vivir nuevamente Jesús. Vivir y contemplar la transfiguración nos debe llenar de fuerzas y esperanzas para seguir el camino de la cruz.


No podemos vivir la transfiguración, sin ser tocados por la Gloria de Dios en nuestra vida. Ser envueltos en la nube que nos cubre con su sombra, es ese abrazo del Padre Dios, que nos alienta, nos cobija y nos anima a seguir, justo antes de la tormenta y de la cruz de cada día en la cotidianidad de nuestra entrega.


El que Dios nos cubra de su Gloria, nos debe recordar que en todo momento estamos viviendo bajo su sombra, en su amparo, su compañía y cercanía, aunque no seamos conscientes de esto. El amor que nos tiene es tal, que no puede quedarse un momento sin ese abrazo paternal, pero ¿cómo respondemos nosotros a ese amor?


Es la respuesta que debemos dar


Hemos visto con nuestros propios ojos el esplendor de la gloria de Jesús, y sentimos el abrazo paterno, ¿nos quedamos a hacer una tienda, quizás tender una hamaca y descansar, porque se siente tan bien? O ¿bajamos del monte y acompañamos a Jesús en el camino a la cruz?, la decisión está en nuestras manos, pero ¿estamos dispuestos a dejar nuestras comodidades?


La transfiguración es un encuentro que debe afectar tu vida, tu realidad y tu quehacer, un encuentro que debe transformar nuestro corazón y centrar nuestra mirada en Él. El sentir la alegría del encuentro personal y profundo con Jesús es percibir su grandeza divina. En el seguimiento de Jesús no podemos limitarnos a buenos sentimientos, propios del Tabor.


Vivir una fe sólo como refugio de felicidad para decir “qué bien se está aquí” es vivir una fe egoísta, superficial y hasta infantil, es vivir en las nubes y no aterrizar; es ser católico de misa Dominical, como si te pusieras un traje especial el día domingo y luego lo dejas colgado en el perchero, sin que esto afecte tu vida, y tu ser. Debemos dar el salto de fe, bajar del Tabor, abrazar la cruz, vivir entregados al servicio y al compromiso con el Amor.


La vida de seguimiento a Jesús, no es sólo ni primordialmente para sentirse bien construyendo tiendas de felicidad, es llevar la felicidad de aquel encuentro, a los que sufren, en cada paso que das. Es llevar en tu interior a Jesús transfigurado y glorioso, y darlo a conocer a todos los que comparten contigo en la cotidianidad de la vida, es llevar la gloria de Dios a todos los rincones, y en cada momento.


La Eucaristía como fuente y cumbre del memorial de la entrega de Cristo, es el monte Tabor, donde se transfigura y muestra su resplandor nuestro Señor, cada domingo. Nosotros somos testigos de la manifestación divina. ¿Qué hacemos nosotros con esta epifanía? ¿Creemos en la Gloria de Dios, o solo somos espectadores lejanos del Misterio?


Cada vez que salimos de la Eucaristía debemos seguir el camino que Dios nos tiene preparado en lo cotidiano de nuestra jornada, ese camino virgen que nos lleve a cada uno a la santidad; pero, ¿cómo seguirlo?, Santa Teresa de Jesús, nos da un itinerario muy sencillo y práctico:


y determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo…” (C. 1,2)

Es vivir en la entrega completa y desinteresada a Dios, haciendo lo poco que debemos hacer con amor, confiando en la providencia divina actuante en nuestras vidas.


Un rostro semejante al de Jesús


En la relación diaria con Jesús por medio de la oración y la meditación de su Palabra, también nosotros podemos transformar nuestro rostro semejante al de Cristo. Las personas que viven juntas, aunque no tengan un parentesco sanguíneo, después de mucho tiempo, tienden a parecerse también físicamente. Es que han compartido la vida, alegría, penas, risas y llantos, dolor y esperanzas. Sus rostros se transforman en el de la personas amadas. Algo así debe suceder en nosotros con Cristo, que nuestros rostros se transfiguren con el de Jesús, al compartir con Él la entrega generosa de cada día.



 

Reflexiona:


  • ¿Mi rostro y mi vida reflejan la gloria de Dios?

  • ¿Soy capaz de bajar del monte para servir a mis hermanos?

  • ¿Soy capaz de abrazar la cruz o prefiero vivir desde la comodidad?

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