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EN SU MESA NOS HIZO SUYOS

ERA LA ÚLTIMA NOCHE


No era una típica noche para él y sus discípulos a pesar de la tradición judía de la Pascua. Era “la noche”, más bien el comienzo de la noche más importante de la vida de Jesús y sus apóstoles, la noche del Amado y la Amada. La noche del amor dice Teresita. Pablo la describe como la noche de la entrega. (1 Cor 11,23).


Los evangelios ubican la última cena en el atardecer: “Al atardecer, se puso a la mesa, con los Doce (Mt 26, 20). Al atardecer, llegó él con los Doce (Mc 14, 17). Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles (Lc 22, 14). Antes de la fiesta de la Pascua, Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre. Él, que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el final (Jn 13, 1). 


¿Era el atardecer? Si, era al atardecer de la vida de Jesús, la hora en que iba a ser enjuiciado por amar, examinado, en palabras de San Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida me examinarán del amor”. Cuestionado por sus manos, palabras y obras. Pero antes, entrega a sus apóstoles sus riquezas, más allá del sacramento es su presencia misma, no se trata solo de un pan y vino, es decir su cuerpo y sangre, es ante todo la posibilidad de estar eternamente habitados interiormente por Jesús y al mismo tiempo habitar en Jesús, ser Uno solo con Él. “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará; y vendremos a él y haremos morada en él. Como el Padre me amó, yo también os he amado; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos permanecéis en mi amor. (Jn 14,23. 15, 9-10).


Imagina el atardecer de este jueves santo como el atardecer de tu vida, y pregúntate ¿Amaste a Jesús? ¿Viviste su Palabra? ¿Hay una morada en tu corazón para Él?




EL DESEO DE JESÚS SOBRE LA MESA


El deseo profundo de Jesús se hizo realidad: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer”. (Lc 22, 16a). Esta ansia de Jesús se debe a que no volverá a comer la pascua hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios. La última cena fue el final de algo para Él; culminó su etapa como ser humano judío. (García, 2012). No fue simplemente un cierre, tuvo lugar en la celebración de la Pascua judía y precisamente, anhelaba estar en intimidad con sus amigos para partir el pan y establecer la Alianza que inicia la nueva Pascua del Reino de Dios.


¿Tú le haces posible a Jesús el deseo de establecer contigo su Alianza Eterna?


"Tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía. Asimismo, tomó el cáliz después de cenar y dijo: Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía. Pues cada vez que comáis este pan y bebáis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga”. (1 Cor 11, 23-26).

Inmediatamente después de la consagración está el verdadero cuerpo de nuestro Señor y su verdadera sangre juntamente con su alma y divinidad bajo la apariencia del pan, y la sangre, bajo la apariencia del vino en virtud de las palabras; pero el cuerpo mismo bajo la apariencia del vino y la sangre bajo la apariencia del pan y el alma bajo ambas, en virtud de aquella natural conexión y concomitancia por la que se unen entre sí, las partes de Cristo Señor que resucitó de entre los muertos para no morir más (Rom 6,9); la divinidad en fin, a causa de aquella su maravillosa unión hipostática con el alma y con el cuerpo… por lo cual es de toda verdad que lo mismo que se contiene bajo una de las dos especies que bajo ambas especies. (Edith Stein, La redención y el estado de los redimidos, p. 888).


Esta interpretación de Teresa Benedicta de la Cruz profundiza el deseo de Jesús, al comprender que, en las especies transformadas, también el alma y la divinidad del Maestro son donadas a sus amigos, ellos además de las palabras de Jesús recibieron toda su persona, es decir, al comer su cuerpo y beber su sangre se hicieron uno con Jesús, porque su alma entró en ellos, aquí pues, la Alianza tomó forma: yo seré en ti y tú serás en mí, el Amado se quedó con su Amada para no morir más, quiso quedarse con la humanidad entera, sus apóstoles son partes de Él, en la mesa fueron configurados con Jesús, posteriormente lo llevarán al mundo y derramarán su sangre por amor y en nombre del amor.


EL MEMORIAL, LOS HIZO SUYOS


Haced esto en memoria mía, el maestro estableció con los suyos Alianza eterna, en la que, acogida, perdón y entrega son su mayor signo; más allá del recordatorio, el memorial que pide Jesús es que sus discípulos sienten en la mesa a los pecadores, excluidos, necesitados, hambrientos, a todos y sirvan para ellos el manjar exquisito de la persona de Jesús, en cuerpo, sangre, alma y divinidad, de la que ellos al recibirla por manos de Jesús, deben ser su reflejo constante. El memorial es el legado que Jesús ha confiado a los sacerdotes, en sus manos y sobre todo en sus corazones ha depositado tan grande riqueza.


Así pues, nuestro Salvador, cuando estaba para salir de este mundo al Padre, instituyó este sacramento en el que vino como a derramar las riquezas de su divino amor hacia los hombres, ´componiendo un memorial de sus maravillas´. (Edith Stein, la redención y el estado de los redimidos, p. 887).




Al hacerlos suyos los comprometió a amar hasta el extremo como él amó, las maravillas de Jesús se multiplican a través de sus discípulos, la Iglesia alimentada por el principio vital de la Eucaristía, sigue el memorial de Jesús en la última cena cuando se hace a sí misma Eucaristía; cada creyente es una parte de Cristo que debe repartirse en amor, acogida y perdón para la humanidad. Nos hace suyos en la intimidad de la mesa, por tanto, al consumir a Cristo, quedamos comprometidos con el amor hacia una humanidad hambrienta.

¿A quién te invita Jesús hoy, a acoger en la mesa del amor?


El misterio de Jesús en la última cena es el legado de su alma entregada sin reservas, ella habita en nosotros por la comunión eucarística, ¡cuánta grandeza para contener y compartir!


¿Cómo vivo la solemnidad de este día?

  • Consciente de que en el atardecer de la vida de Jesús también está mi atardecer.

  • Agradecido por la riqueza de su alma y divinidad que me entrega en cada Eucaristía, esta gratitud la vivo con mi más profunda adoración y contemplación.

  • Doy mi respuesta comprometida a la Alianza.

  • Dispongo una morada en mi interior para que habite en mí el Amado y en la que también haya un lugar para quienes debo acoger hoy. Soy tabernáculo que reserva y comparte el Amor que alimenta para siempre.

  • Ofrezco mi adoración constante por los sacerdotes y así me comprometo a sostener espiritualmente su ministerio.




Bibliografía


Escuela Bíblica de Jerusalén. (2009). Biblia de Jerusalén. Cuarta Edición. Desclée De Brower. 


García, S. (2012). Evangelio de Lucas. Comentario a la Nueva Biblia de Jerusalén. Desclée De Brower. 


Lisieux, T. (1895). Poesía Vivir de amor.


Stein, E. (2003). Obras Completas, IV. Escritos Antropológicos y Pedagógicos. Monte Carmelo.




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