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Contemplar a Dios en el rostro del hermano

hace 11 minutos
7 min de lectura

 

Fr. José Arteaga OCD Resumen: Se trata de un comentario al artículo de Jesús García Recio, publicado en una revista de estudios bíblicos. El autor muestra cómo, a lo largo de la Sagrada Escritura, la sed y el deseo de buscar a Dios encuentran con frecuencia su respuesta en el encuentro con el hermano. De este modo, la búsqueda de Dios no se limita a una experiencia individual o interior, sino que se concreta también en la capacidad de reconocer su presencia en el rostro y en la vida del otro.

Hay una pregunta que atraviesa muchas páginas de la Biblia: ¿dónde está Dios y cómo podemos encontrar su rostro? El salmista lo expresa con una súplica que sigue siendo profundamente actual: «Mi corazón me dice: “Busca su rostro”»(Sal 27,8).

Buscar el rostro de Dios es, en el fondo, buscar su presencia. Es desear encontrarnos con Él, escucharle, sentirnos acogidos por su misericordia y descubrir que nuestra vida está sostenida por alguien que nos ama.

Pero aquí aparece una pregunta todavía más concreta: si Dios es invisible, ¿dónde podemos contemplar su rostro?

El artículo De cara a Dios y al hermano, de Jesús García Recio, nos ofrece una pista muy sugerente: el rostro del hermano puede convertirse en un lugar privilegiado para encontrar el rostro de Dios.



  • Un deseo que llevamos dentro

El deseo de contemplar a Dios no es algo extraño. Está profundamente arraigado en el corazón humano.

El estudio que inspira este artículo muestra cómo, tanto en textos de la antigua Mesopotamia como en la tradición bíblica, aparece repetidamente el deseo de acercarse al rostro de la divinidad. El rostro de Dios representa su presencia, su bondad, su misericordia, su luz y su capacidad de entrar en relación con el ser humano.

No se trata solamente de ver una cara. Contemplar un rostro significa entrar en relación con alguien.

Cuando miramos verdaderamente a una persona a los ojos, algo sucede. Dejamos de relacionarnos con una idea y comenzamos a encontrarnos con alguien concreto. El rostro nos habla de la alegría, del dolor, del cansancio, de la esperanza y también de las heridas de una persona.

Por eso el deseo de contemplar a Dios es también un deseo de encuentro.

La espiritualidad carmelitana conoce muy bien este deseo. Santa Teresa de Jesús entiende la oración como una relación personal con Cristo, como estar con quien sabemos que nos ama. San Juan de la Cruz, por su parte, expresa la experiencia del alma que busca al Amado: «¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?»

El corazón humano busca un rostro. Busca a Alguien. Pero Dios no siempre se deja ver

Hay algo paradójico en esta búsqueda: deseamos ver a Dios, pero Dios permanece siempre más allá de nuestras posibilidades.

La tradición bíblica es muy consciente de ello. Moisés desea contemplar la gloria de Dios, pero no puede abarcar plenamente su rostro. El profeta Elías descubre que Dios no está simplemente en las grandes manifestaciones de poder, sino en una presencia misteriosa, en «un silencio delicado».

También nosotros conocemos esa experiencia.

Hay momentos en los que sentimos a Dios cercano y otros en los que parece esconderse. Oramos y no encontramos respuesta. Buscamos y no vemos. Nos preguntamos dónde está Dios cuando atravesamos una enfermedad, una dificultad, una crisis o una pérdida.

Los salmos conocen muy bien esta experiencia: «No me ocultes tu rostro»«¿Por qué te escondes en el tiempo de la angustia?». (Sal 27,9; 143,7) El silencio de Dios forma parte también del camino de la fe.

San Juan de la Cruz llamaría a esto, de distintas maneras, el misterio de la noche. Dios no desaparece; nuestra manera de encontrarlo tiene que purificarse. A veces queremos encontrarlo según nuestros criterios, nuestros sentimientos o nuestras imágenes de Dios. Pero Dios es siempre más grande. No podemos encerrar el rostro de Dios en nuestras ideas.

  • Hay un rostro en el que Dios se nos ha acercado

Aquí aparece la gran novedad cristiana. El Dios invisible ha querido hacerse visible. El artículo recuerda una afirmación fundamental de la fe cristiana: Cristo es «imagen del Dios invisible» (Col 1,15). Y cuando Felipe pide a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre», Jesús responde: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,8-9).

Dios tiene rostro humano. Jesús nos permite mirar el rostro de Dios en un rostro humano: el rostro de un hombre que sonríe, que llora, que toca al enfermo, que se compadece, que perdona, que mira con ternura.

Pero hay algo todavía más sorprendente. Después de la resurrección, Jesús llama a sus discípulos «mis hermanos». Y el camino de la fe comienza a llevarnos hacia una nueva manera de reconocer su presencia. Los discípulos lo encuentran en el camino, en la mesa, en la vida cotidiana; lo reconocen cuando se les abren los ojos y, sobre todo, cuando arde su corazón.




  • El rostro del hermano

Una de las escenas más hermosas que presenta el artículo es el encuentro entre Jacob y Esaú.

Durante años, Jacob había vivido con miedo de su hermano. Se había construido en su imaginación un rostro amenazante, un rostro vengativo. Pero cuando finalmente se encuentran, la realidad es diferente.

Esaú corre hacia él, lo abraza, lo besa y los dos lloran. Entonces Jacob pronuncia unas palabras extraordinarias:

«He contemplado tu rostro como quien contempla el rostro de Dios y me has acogido bien» (Gn 33,10).

Jacob descubre algo que no había comprendido antes: el rostro del hermano puede revelar el rostro de Dios.

No porque Esaú sea Dios, sino porque en el encuentro reconciliado, en el perdón y en la acogida, puede transparentarse algo del amor de Dios.

Jacob había imaginado el rostro de su hermano. Pero necesitaba encontrarse realmente con él para descubrir su verdadero rostro.

Esto también nos sucede a nosotros. Muchas veces no vemos a la persona que tenemos delante; vemos la imagen que nos hemos construido de ella: «Es una persona difícil», «siempre hace lo mismo», «no se puede confiar en él», «ya sé cómo es»…y dejamos de mirar.

Contemplar el rostro del hermano significa permitir que la persona vuelva a ser persona ante nuestros ojos.

  • Del rostro de Dios al rostro del hermano

Aquí aparece una de las afirmaciones más fuertes del artículo: la búsqueda de Dios no puede convertirse en una espiritualidad desencarnada.

Podemos pasar mucho tiempo buscando a Dios en la oración y, al mismo tiempo, ignorar al hermano que tenemos delante. Podemos hablar mucho de contemplación y tener poca paciencia con quien vive junto a nosotros.

Podemos buscar momentos profundos de oración y no ser capaces de mirar con misericordia a una persona que nos ha herido. Por eso san Juan lo expresa con una claridad impresionante:

«Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,20). El artículo coloca este texto junto al relato de Jacob y Esaú precisamente para mostrar que la experiencia de Dios necesita pasar por el encuentro con el otro.

Y Jesús lleva esta afirmación todavía más lejos: «Todo lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, me lo hicisteis a mí» (Mt 25,40). Por eso, el rostro del hermano es un lugar de encuentro con Cristo.

  • Una mirada contemplativa

Quizá aquí encontramos una tarea muy propia de la espiritualidad carmelitana: aprender a mirar. El contemplativo no es simplemente quien permanece mucho tiempo en silencio. Es quien aprende a descubrir la presencia de Dios.

Santa Teresa nos enseña a buscar a Cristo en lo profundo del alma, pero también nos recuerda que el amor verdadero se verifica en la relación con los demás. La oración va transformando poco a poco nuestra manera de mirar, de hablar, de servir y de amar.

San Juan de la Cruz nos invita a ir más allá de las apariencias y a buscar a Dios en la fe. Y esa mirada purificada termina cambiando nuestra relación con todo lo creado y, especialmente, con las personas.

Por eso podemos hacer una pequeña oración antes de encontrarnos con alguien: «Señor, enséñame a mirar a esta persona como Tú la miras».

Quizá entonces descubramos algo nuevo. Detrás de un rostro cansado, podemos encontrar una persona que necesita ser escuchada.

Detrás de un rostro serio, quizá haya una herida. Detrás de una persona que nos resulta difícil, puede haber alguien que necesita paciencia. Y detrás de cualquier rostro humano, incluso del que menos nos atrae, está alguien que Dios ama.

  • Contemplar es aprender a reconocer

El artículo termina señalando algo precioso: mientras esperamos el día en que veremos a Dios «cara a cara», tenemos delante de nosotros una verdadera «iconografía» de Dios en el rostro de la humanidad.

Todavía no vemos a Dios plenamente. «Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara»(1 Cor 13,12).

Pero mientras llega ese día, Dios se nos acerca de muchas maneras. Se acerca en la Eucaristía. Se acerca en su Palabra. Se hace presente en la oración. Y se acerca también en el rostro concreto del hermano.

Por eso, quizás la próxima vez que entremos en oración no tengamos que preguntarnos solamente: «Señor, ¿dónde estás?» Podemos preguntarnos también: «Señor, ¿a quién me estás invitando a mirar?»

Porque quizá la persona que tenemos delante sea una llamada silenciosa a salir de nosotros mismos. Quizá en su rostro haya una palabra que Dios quiere decirnos. Quizá en su necesidad haya una oportunidad para amar. Quizá en su fragilidad podamos descubrir nuestra propia fragilidad. Y quizá, sin darnos cuenta, al mirar con misericordia el rostro de un hermano, podamos decir como Jacob:

«He contemplado tu rostro como quien contempla el rostro de Dios».

Ese es uno de los caminos más concretos de la contemplación: aprender a descubrir a Dios en el rostro del hermano y dejar que esa mirada nos haga más humanos.

 

Bibliografía:

GARCÍA RECIO J., «De cara a Dios y al hermano», Isimu 2 (1999) 127-141.

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