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Del alma con Dios

hace 4 minutos
1 min de lectura

Silvia Vargas OCDS



Me detengo ante mí misma

con el alma marchita,

sedienta ante la fuente

que mis entrañas irriga.


Con la esperanza disminuida

por los agobios de la vida,

deseosa de alcanzar

la tierra prometida.

Sintiendo la amargura

del dolor vivido,

y la lágrima que rompe

con todo lo querido.


Lejana a mis adentros

y al misterio que me habita,

derramada hacia afuera

donde todo me agita.


Resistiéndome a la muerte

que me da la vida,

aferrada a todo aquello

que mis deseos cautiva.


Indecisa ante el camino

que guía mi existencia,

y ante la luz que me ilumina

con cegadora presencia.


Esperando el abrazo

que junte todas mis partes,

anhelando el regazo

que pueda renovarme.


Queriendo amar

sin temor alguno

y sin miedo a enfrentar

lo que depare el futuro.


Me detengo ante ti Señor,

con el alma muy herida,

queriendo reconocer

tu presencia divina.


Buscando el consuelo

que mi alma necesita,

abrazando la Cruz

a la que me invitas.


Aceptando mi debilidad

que en ti se fortalece,

acogiendo la historia

que ahora acontece.


Esperando me devuelvas

la alegría perdida,

la ilusión de vivir

y el alma reconstruida.


Pretendiendo alcanzar

la plenitud un día,

y vivir eternamente

a ti unida.


Permíteme habitar

la profundidad de tu misterio,

y contemplar desde dentro

tu obra a cada momento.


Consume Señor

toda mi existencia,

y moldéala según

tu divina apariencia.


Que el fruto de mi llanto

florezca en tierra fértil,

y que en mí Señor

todos puedan verte.

Amén

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