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AMARME DUPLICADAMENTE ES TU DIVINA MISERICORDIA

Benditas nuestras fragilidades, que nos enseñan a cantar eternamente las misericordias del Señor. Es domingo de fiesta, porque celebramos que el Amor no se cansa de esperarnos, así como una madre lucha sin cansancio por el hijo que va lentamente, el Señor tiende su mano hacia nuestra pequeñez.


En la canonización de Santa Faustina Kowalska, realizada por el Papa Juan Pablo II el 30 abril del año 2000, nace la fiesta de la Divina Misericordia, se celebra ocho días después del Domingo de Resurrección.


¿Qué significa esta fiesta?


Aunque en cuaresma, reflexionamos sobre la misericordia en varios pasajes de la Escritura, hoy aparece una cualidad que acompaña la celebración: “Divina”.

  • Palabra compuesta por: “divus” (dios); “ino” (relación, pertenencia). Unido al significado de la RAE, quiere decir que, pertenece a Dios y es extraordinario.

  • Misericordia se compone de: miser (miserable, desdichado); Cordis (corazón) y de “ia” (capacidad de sentir la desdicha de los demás).

La misericordia es la inclinación de Dios a la miseria o desdicha nuestra, su capacidad de sentir nuestro dolor.


Celebramos el acontecer extraordinario, de la misericordia de Dios sobre nosotros. Ya que culminado el tiempo cuaresmal y vivida la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, nuevamente Jesús, ahora resucitado, viene al encuentro de nuestra debilidad, dudas, contradicciones, etc, que nos han dejado atrás en el camino.


En palabras del Papa Francisco: “La misericordia no abandona a los que se quedaron atrás”. (Homilía fiesta de la Divina Misericordia, Abril 19 de 2020).


A propósito, el evangelio dice: “Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y mi mano en su costado, no creeré” (Jn 20, 25)”.


A diferencia de los otros discípulos, Tomás parece quedarse atrás en su experiencia de fe y en su participación dentro de la comunidad; él representa nuestros momentos de retraso en el camino.


Haciendo eco de la frase del Papa Francisco, reflexionemos con dos preguntas:


¿De qué manera nos quedamos atrás?


Cuando al estilo de Tomás, no creemos por la palabra y el testimonio de los hermanos, no avanzamos en la fe o la condicionamos, retrocedemos el camino recorrido, caemos en desesperanza, rechazamos la Palabra de Dios, nos alejamos de la oración, rompemos con la fraternidad; nos ahogamos en las dificultades, rechazamos la alegría del Señor en los hermanos, nos hundimos en la tristeza y en la soledad, etc.


Si te identificas con alguna(s) de estas realidades, si pasada la cuaresma y la semana santa te experimentas sin avance, sin transformación, sin ver la luz como Tomás, sin vivir el encuentro personal con Jesús Resucitado, este día es la oportunidad para abrirte a la gracia de su misericordia.


“El mensaje de la divina misericordia es implícitamente, también un mensaje sobre el valor de todo hombre. Toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno, y a todos el Padre concede su Espíritu y ofrece el acceso a su intimidad. (Juan Pablo II, 2000).

La divina misericordia, no es solo para quienes consideramos más pecadores que nosotros o para quienes según nuestro criterio, son más dignos de recibirla. Toda nuestra realidad humana, es necesitada de esa gracia, perteneciente a Dios y todos tenemos acceso a ella; Santa Teresa experimentó en su propia fragilidad, la inclinación de Dios sobre ella:


“Acuérdense de sus palabras y miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de ofenderle, que Su Majestad dejó de perdonarme. Nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir. (V19, 15)”.


¿Qué hace Jesús por mí cuando me quedo atrás?


El Señor es quién conoce y siente en su corazón mi desdicha, él viene al encuentro de mis retrasos y trae sus cicatrices para sanar mis heridas, darme la luz, abrir mis oídos a escuchar su Palabra: «Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: “La paz con vosotros”. Luego se dirigió a Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 26-28)».



Al inicio, cuando Jesús se presenta a los discípulos, luego del saludo de paz les muestra las manos y el costado, ahora lo hace nuevamente en presencia de Tomás, lo invita no solo a mirar sus heridas, sino también a tocarlas. Este pasaje tiene algo en común, con la lectura del profeta Isaías, proclamada el viernes santo en la liturgia de la pasión: “y fuimos curados con sus heridas” (Is 53, 5)”.


Es profundo el mensaje, las heridas de Cristo nos han curado, porque a diferencia de la ley del Talión del Antiguo Testamento, Cristo el Siervo de Dios, no responde herida con herida, no toma venganza, por el contrario, desde sus heridas ama y perdona y allí radica la grandeza de su divina misericordia, por eso sus heridas sanan todos nuestros dolores.


Descubrimos que el resucitado es el mismo crucificado, se revela una vez más la gracia de su divina misericordia.


Cuando estamos atrapados en la fragilidad, encerrados en el dolor, incapaces de ver y avanzar, el resucitado viene a nosotros, pone en nuestra mirada sus heridas y nos sana, levanta, regala la paz, abre nuestro corazón a la escucha de su Palabra, sopla su Espíritu, así como lo hizo con Tomás: El Espíritu sana las heridas de nuestro corazón, derriba las barreras que nos separan de Dios y nos desunen entre nosotros, y nos devuelve la alegría del amor del Padre y la unidad fraterna. (Juan Pablo II, 2000).


A pesar de que Cristo Resucitado, no tenía por qué darle pruebas a Tomás, quiso “ofrecer a Tomás lo que le reclamaba ´tocar y ver para constatar y creer´ (Escaffre, CB 146)”; y este gesto de Jesús en la fuerza de sus palabras, generó en el corazón de Tomás, la gracia de reconocerlo e inmediatamente sin necesidad de tocar, hizo la confesión de fe. Recibió el don del Espíritu Santo como un acto de misericordia y de esta manera se convierte en un modelo de fe.


En nuestra pequeñez, Jesús nos ama extraordinariamente, ofrece sus heridas, habla a nuestro interior, donde simultáneamente nos da el don de su Espíritu para reconocerle y transformarnos, esta experiencia la describe San Juan de la Cruz como, “más que amar simplemente”:


Estos ojos del Esposo, que miran con amor, son su “Divinidad misericordiosa, la cual, inclinándose al alma con misericordia, imprime e infunde en ella su amor y gracia, con que la hermosea y levanta tanto, que la hace consorte de la misma Divinidad (2 Pe. 1,4). Y dice el alma, viendo la dignidad y alteza en que Dios la ha puesto: Por eso me adamabas. Adamar es amar mucho, es más que amar simplemente: es como amar duplicadamente…” (CB 32,3-5).


Su amor traspasa nuestras puertas cerradas y nos libera en comunidad, allí mismo regala su paz, nos concede el don de su Espíritu y nos envía en común unión.


“Amarme duplicadamente es tu divina misericordia”.
¿Cuál es mi actitud con quienes se quedaron atrás?

¿Ser indiferente, juzgar, ser solidario, intentar ayudar hasta donde mi paciencia lo permite, comprometerme con el hermano, viendo en su rostro a Cristo?

En el evangelio Jesús es claro: “Como el Padre me envió, también yo os envío. Dicho esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos (Jn 20, 21-23)”.


Recibir el Espíritu Santo, es acoger al mismo amor con que Jesús obró, el que le dio fuerza para vivir la pasión, el que lo ha resucitado. Con ese Espíritu, son convocados los discípulos a amar a sus hermanos. Por supuesto que el perdón de los pecados, se refiere junto con el don del Espíritu, al poder de otorgar la gracia por el bautismo y aún después de él, al poder de perdonar en toda caída, de allí que, también surge el sacramento de la reconciliación.




En efecto, no es fácil amar con un amor profundo, constituido por una entrega auténtica de sí. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fijando nuestra mirada en él, sintonizándonos con su corazón de Padre, llegamos a ser capaces de mirar a nuestros hermanos con ojos nuevos, con una actitud de gratuidad y comunión, de generosidad y perdón. ¡Todo esto es misericordia! (Juan Pablo II, 2000).


Después de haber recibido la Divina Misericordia, somos invitados a usar misericordia: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5, 7)" (Dives in misericordia, 14). Y Jesús nos señaló, además, los múltiples caminos de la misericordia, que no sólo perdona los pecados, sino que también sale al encuentro de todas las necesidades de los hombres. Jesús se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales (Juan Pablo II, 2000).


¿Qué puedo hacer por quienes se quedaron atrás?

Sintonizarme con el corazón del Padre para mirar a mis hermanos, recordar los momentos en que Jesús se ha inclinado sobre mis desdichas y con su Espíritu que me da la paz, inclinarme a la fragilidad de los demás, asistiéndolos espiritualmente, fraternalmente o materialmente según mis posibilidades.

Que sea esta actitud, nuestra ofrenda al amor misericordioso de nuestro Dios.


Conclusiones:
  • Divina Misericordia es el amor extraordinario de Dios, que se inclina hacia nuestras miserias y no nos abandona, aún, cuando nos quedamos atrás.

  • El resucitado es el mismo crucificado, que pone ante mí sus heridas, para sanar mis dolores.

  • Una vez recibida la Divina Misericordia, estamos llamados a usarla, para ir al encuentro de todos nuestros hermanos que se han quedado en el camino.

Oremos con Santa Teresita:

A fin de vivir en un acto de perfecto Amor, me ofrezco como víctima de holocausto a tu Amor Misericordioso, suplicándote que me consumas sin cesar, dejando que se desborden en mi alma los torrentes de ternura infinita que están encerrados en ti, para que así llegue yo a ser Mártir de tu Amor, ¡oh, Dios mío!

Que este martirio, después de haberme preparado a comparecer delante de ti, me haga por fin morir, y que mi alma se lance sin demora al eterno abrazo de Tu Amor Misericordioso…

Quiero, oh, Amado mío, renovarte esta ofrenda a cada latido de mi corazón, un número infinito de veces, hasta que, habiéndose desvanecido las sombras, pueda yo repetirte mi Amor en un cara a cara eterno.


Bibliografía:


  • Escaffre, B. Evangelio de Jesucristo según San Juan. 2 El libro de la Hora. Cuadernillo Bíblico 146. Verbo Divino. Estella

  • Escuela Bíblica de Jerusalén. Biblia de Jerusalén. Cuarta edición. Desclée De Brouwer. Bilbao: 2009.

  • Juan Pablo II. Homilía Canonización de Santa María Faustina Kowalska. Roma: 2000

  • Juan de la Cruz. Obras Completas. Cántico Espiritual B. Monte Carmelo. Burgos: 2010.

  • Teresa de Jesús. Libro de la Vida. Monte Carmelo. Burgos: 2004.








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