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Una fe fracturada


 

Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo” (Lc 15, 11-32). Con estas palabras llega el hijo prodigo después de haber desperdiciado los bienes entregados por su padre, de convivir con cerdos y de estar en el pecado que él mismo deseó.

 

¿Cuántos hemos vivido este mismo sentir al fallar a la gracia de Dios? Al tener un encuentro personal con Jesús, es indiscutible que nuestra vida y actitud hacia ella cambia. El querer hacer el bien, vivir en el bien, hacer el cambio de 180° en la vida, en muchas ocasiones nos hace pensar que podemos hacerles frente a todas las vicisitudes de la vida, pero lo difícil es cuando llega el tiempo de la fragilidad humana y caemos nuevamente en el pecado; ese que muchas veces es recurrente y creemos que no somos nadie para volver a Jesús.

 

En muchas ocasiones al vivir situaciones como ésta entra en juego el pensar “no soy digno”. He iniciado este texto con la vuelta a casa del hijo prodigo, pero alguien puede decir: “es una parábola” y quitar esa enseñanza, pero eso lo podemos ver con la experiencia vivida de Pedro.

 

Y cantó el gallo” (Mc. 14, 72), ante ese texto todos volvemos al momento de la negación, ante las preguntas sí él era un seguidor del que habían apresado. El pecado es esa negación a la gracia, el darle la espalda a quien dio la vida por ti y por mí.

 

La vuelta a casa de Pedro es cuando escucha gritar a Juan desde la barca: ¡Es el Señor! (Jn 21,7) llevándolo a actuar, tirándose de la barca y salir al encuentro del resucitado que se encontraba en la orilla. El Papa Benedicto XVI, explicó este volver a la casa, que entra en dialogo entre Pedro y Jesús, en una audiencia general (24 de mayo 2006):

 


 

«La primera vez, Jesús pregunta a Pedro: "Simón..., ¿me amas" (agapâs-me) con este amor total e incondicional? (cf. Jn 21, 15). Antes de la experiencia de la traición, el Apóstol ciertamente habría dicho: "Te amo (agapô-se) incondicionalmente". Ahora que ha experimentado la amarga tristeza de la infidelidad, el drama de su propia debilidad, dice con humildad: "Señor, te quiero (filô-se)", es decir, "te amo con mi pobre amor humano". Cristo insiste: "Simón, ¿me amas con este amor total que yo quiero?". Y Pedro repite la respuesta de su humilde amor humano: "Kyrie, filô-se", "Señor, te quiero como sé querer". La tercera vez, Jesús sólo dice a Simón: "Fileîs-me?", "¿me quieres?". Simón comprende que a Jesús le basta su amor pobre, el único del que es capaz, y sin embargo se entristece porque el Señor se lo ha tenido que decir de ese modo. Por eso le responde: "Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero (filô-se)". 

 

Parecería que Jesús se ha adaptado a Pedro, en vez de que Pedro se adaptara a Jesús.

Precisamente esta adaptación divina da esperanza al discípulo que ha experimentado el sufrimiento de la infidelidad. De aquí nace la confianza, que lo hace capaz de seguirlo hasta el final: "Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: "Sígueme"" (Jn 21, 19).»

 

El amor es el que nos mueve hacia el Amor, y Él se encuentra siempre esperando que, a pesar de todo, volvamos a Él. Haciendo que una fe fracturada, vuelva a unirse para que desde el perdón, sigamos adelante, sabiéndonos perdonados y principalmente amados.

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