TIEMPO DE CONTEMPLACIÓN, CORPUS CHRISTI

CORPUS CHRISTI


Cierto día, el santo cura de Ars, Juan María B. Vianney, se percató de que un campesino pasaba mucho tiempo ante el sagrario de su pequeña parroquia; intrigado le preguntó por qué lo hacía; con inaudita sencillez le contestó: “Yo le miro y Él me mira”. Esta expresión del campesino es un eco de la espiritualidad, la de la mirada contemplativa, propuesta por Santa Teresa de Jesús: Miraros ha El con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los vuestros, sólo porque os vayáis vos con El a consolar y volváis la cabeza a mirarle (C. 26, 5)

Con la sencillez del campesino e impulsados por la espiritualidad teresiana, podemos ilustrar gráficamente el sentido de la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo, Corpus Christi, y mirar públicamente a quien nos mira con amor. La contemplación del Cuerpo de Cristo, de Jesús Eucaristía, nos remite al misterio pascual de Jesucristo que se actualiza en la celebración de los Sacramentos, en nuestra experiencia cotidiana y en la oración. A descubrirlo presente en la vida, la oración y la Eucaristía, nos ha invitado Teresa: “Si estáis alegre, miradle resucitado… Si estáis con trabajos o triste, miradle camino del huerto” (C. 26, 4-5). Y la razón es porque Él está siempre presente con nosotros y nos mira con amor.

Nosotros lo sabemos y entendemos que celebrar la Fiesta del Corpus Christi supone nuestra mirada a la presencia del Hijo de Dios, encarnado y actuante en nuestra vida de cada día y de modo especial en la Eucaristía. Pero, es importante que nos preguntemos qué significa en realidad para nosotros el Corpus Christi.



Pensar en esta gran celebración me trae recuerdos de infancia, de flores, de danzas y colores con que se celebra esta Fiesta en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. La solemnidad paraliza toda la ciudad para congregar a los fieles y celebrarla juntos; un estadio se convierte en una gran catedral, donde niños, jóvenes y ancianos cantábamos todos juntos: “Eucaristía, milagro de amor, Eucaristía, presencia del Señor”. Sin embargo, todas esas celebraciones se han cortado con la llegada de la pandemia, con el encierro que impuso el covid-19.

Aun en estos tiempos recios que estamos viviendo desde el 2020, Cristo se hace presente en cada celebración eucarística; y nosotros hemos aprendido a celebrar esta solemnidad desde el encierro con mucha imaginación, inventiva y creatividad, con dibujos hechos por los niños, con celebraciones virtuales y adoraciones públicas en hospitales y centros de salud. Hemos aprendido a vibrar desde una pantalla al ver como Cristo eucaristía interrumpía el desierto de la ciudad para hacerse presente y acompañar a todos en su lecho de enfermo, en su aislamiento y en toda su vida.


Y hoy, con la nueva normalidad, ¿Cómo vamos a celebrar esta gran festividad? La respuesta es simple: solo contemplando, solo mirándolo porque Él nos ha mirado primero. Estamos llamados a mirarlo con el corazón, con muestras de amor, con alegría y gozo, pero no solo este día, sino todos los días; es decir, podemos llevar la eucaristía dentro nuestro, extender la celebración a nuestra vida diaria, introducir en nuestro quehacer cotidiano.

Llevar dentro de nosotros a Jesús Eucaristía es vivir configurados con Cristo, en su entrega en la cruz y en su resurrección, es descubrirlo presente en medio de nuestros sufrimientos y alegrías, de nuestras angustias y esperanzas. Para experimentar esta presencia pascual-eucarística de Jesús, prolongada en nuestra vida, hemos de estar convencidos de que Cristo está verdaderamente presente en la Eucaristía. Este es el desafío de hoy, poder ser conscientes de la grandeza que encierra cada partícula de hostia y cada gota de vino. Es tener reverencia y respeto, sin caer en exageraciones ni escrúpulos; si bien la pandemia ha traído muchos cambios en nuestras vidas, también ha traído cambios en la forma de comulgar, (ahora solo se comulga bajo la especie del pan, y se recibe en la mano), para evitar contagios y propagación del virus.

Estos cambios de formas, no modifican en nada el sentido profundo de la Eucaristía, porque en él está presente, vivo y actuante el mismo Cristo, tanto en la celebración de la misa y la adoración de Cristo eucarístico como en la procesión de la Eucaristía. ¿Nos acostumbramos a visitarlo, a estar con Él en el silencio de la contemplación? ¿Nos permitimos realizar hora santa? ¿Lo acompañamos en la Procesión del Corpus Christi?

Estas preguntas deben dar pie a replantearnos nuestra relación con Cristo que nos compromete a hacer el bien, a servir al prójimo, a vivir en comunión. En este sentido, no podemos quedarnos solo en la contemplación, porque la fe es probada por nuestras obras, por nuestro actuar; ya Santa Teresa de Jesús decía que “obras quiere el Señor”, y Teresa de Calcuta lo dijo de esta manera: “Estás llamado a hacer algo más que decir: ‘Te amo, Jesús’. Estás llamado a ser el guardián de tu hermano y de tu hermana”. La motivación para hacer esto surge de la oración, a menudo realizada ante el Santísimo Sacramento, tal y como lo hacía cada día ambas Santas.

Tengo una cita.

Hoy es un gran día de encuentro con Jesús Eucaristía, y como novia que se prepara para la cita con su amado, me preparo en cuerpo y alma para llegar a tiempo al encuentro con Cristo, mi amado me espera en el sagrario, en su casita, con Él tengo una cita tal como decía la Beata María Felicia de Jesús Sacramentado, (Chiquituna), en un hermoso poema sobre este encuentro de enamorados:


La cita


Dejadme, que voy de prisa,

tengo cita con mi Amado,

que, si llego tarde a su lado,

ya en sus labios no brilla la risa.


Dejadme, que voy apurada

que estoy loca por llegar,

que no sea que el lugar

encuentre por otra ocupada.


Tengo que llegar a hora,

para sentarme a su mesa,

donde en vez de la cerveza

su sangre pura me ofrece;


y donde como manjar

ofrece a su ingrata amada

su cuerpo ya traspasado

de amor, de dolor y de paz.


Dejadme, que voy de prisa,

tengo cita con mi Amado;

dejadme, que voy apurada,

tengo prisa por llegar.


Villarrica, 25.5.1943


Vamos todos deprisa, con nuestras mejores galas a nuestra cita con el Amado porque él nos espera paciente. Él no mira nuestras pequeñeces y pobrezas humanas, o “menudencias” como expresa Teresa de Jesús. Él solo nos mira con amor, sondea lo profundo del corazón. Pregonemos sin temor en las calles, ese milagro de amor, que nos dejó el Amado en la última cena, porque Él es “el verdadero pan bajado del cielo”, que sacia y llena a todos los hambrientos que salen a su encuentro. Vayamos a mirarlo y dejarnos mirar por Él. Miremos a quien nos mira con amor.