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La belleza salvará al mundo

Hoy se cumplen 100 años de la Beatificación de Santa Teresa de Lisieux


La beatificación y canonización de una persona que ha vivido su vida, como la misma Teresa ha dicho, "llenando el universo con la luz de la doctrina evangélica" (Ms. A Folio 36), es un proceso largo, "una tarea meticulosa y laboriosamente conducida". (Procesos-Monte Carmelo.1996).

Es el alto reconocimiento que la Iglesia da a quienes han vivido heroicamente las virtudes, se han entregado sin medida a los demás y han amado a Dios por sobre todo.

El proceso de Teresa del Niño Jesús fue corto, recordemos que ella falleció el 30 de septiembre de 1897. Veintisiete años despúes fue beatificada.




La belleza es fuente de alegría y plenitud. Sin duda llama la atención por qué pongo como título de este artículo; "la belleza salvará al mundo", una frase escrita por Dostoievski.


¿Qué belleza nos salva?

La de un rostro feliz, la de una vida entregada en el amor, la de un horizonte que anima el caminar de las personas por la vida, la de un amor tan verdadero, manifestado en el sufrimiento del rostro de Cristo en la cruz, ese rostro que nos salva.


La belleza de una vida es capaz de salvar al mundo.

¿Qué mundo? El mío, mi propio mundo interior, mi vida, mi alma.


¿Qué vida es capaz de ayudarme en este proceso?

La vida de esta joven que nos enseña un camino, el del amor. Ella amó hasta morir de amor, comprendió como desea Dios ser amado y se dio totalmente. La belleza de la vida de Teresa, que alcanzó todos los límites, también en la consanguineidad, pues en el Carmelo de Lisieux-Francia, vivió con tres de sus hermanas y una prima hermana la aventura del amor entregado hasta convertirse en una víctima de amor.




Teresa vive en el tiempo:


Nos acompaña a lo largo de la historia, en el camino de la vida.

El 29 de abril de 1923 Teresa fue beatificada por el Papa Pío XI. Dos años después fue canonizada por el mismo Pontífice. En 1927 fue proclamada "Patrona de las Misiones". Setenta años después el Papa Juan Pablo II le concede el título de "Doctora de la Iglesia".


En el siglo XX, caracterizado por la transformación del mundo en cultura y avances técnicos, una jovencita que vivió nueve años en la clausura del Carmelo Descalzo, nos enseña esa belleza capaz de salvar al mundo.

Como Patrona de los misioneros, el Papa Pío XI nos demuestra que la fe se propaga no solo por la actividad, sino también y fundamentalmente por la contemplación. Con su doctorado, el Papa Juan Pablo II pone en orden la inteligencia y el convencimiento, resalta el criterio y cataloga los valores, Teresa es Maestra. Su doctorado versa sobre el amor, efectivo y afectivo, médula y resumen de toda la vida cristiana, sin demostraciones científicas, ni argumentos difíciles, sino en la simplicidad y sencillez de la vida diaria.


Historia de un alma


Cuántas personas a lo largo de estos cien años han leído sobre Teresa del Niño Jesús. "Historia de un alma" es un libro que ha llegado a todos los rincones del planeta.

¿A cuántos de nosotros nos cautivó el corazón la experiencia de amor y fe, vivida por esta joven carmelita descalza?

Teresa fue divinizada por el amor de Dios, ella fue un alma dócil que se abrió a la gracia del Espíritu Santo. Y después de haber recibido tanto, canta con el salmista la belleza de Dios.

Teresa dice que Jesús puso ante su mirada el libro de la naturaleza.

Y comprendí que todas las flores creadas por Él son bellas, que el brillo de la rosa y la blancura de la azucena no le quitan a la diminuta violeta su aroma ni a la margarita su encantadora sencillez... Comprendí que si todas las flores pequeñas quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su gala primaveral, los campos ya no se verían esmaltados de florecillas...


Lo mismo acontece en el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. Él ha querido crear santos grandes, que pueden compararse a las azucenas y a las rosas, pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de contentarse con ser margaritas y violetas, destinadas a recrear los ojos de Dios cuando mira al suelo. (Ms. A Folio 2)

Solo Dios conoce el alma de los santos, y cuando nosotros intentamos entender este misterio, sólo encontramos respuestas en la mirada de Dios. La belleza que salva al mundo está en el alma de los santos.

Teresa vivió en los últimos años del siglo XIX; su temperamento, la educación que recibió, la influencia de su entorno, hija de padres santos, canonizados en el año 2015. Todo lo que envolvió su mundo en el orden de la naturaleza y la gracia, han hecho de ella una manifestación de la "grandeza en la simplicidad". He ahí la belleza de su existencia, como la sencilla margarita.

Abajándose de tal modo, Dios muestra su grandeza infinita. Así como el sol alumbra a los cedros y al mismo tiempo a cada florecilla en particular, como si sola ella existiera en la tierra, del mismo modo se ocupa nuestro Señor particularmente de cada alma, como si no hubiera otras. Y así como en la naturaleza todas las estaciones del año están ordenadas a decidir en el momento preciso la abertura de la más humilde margarita, así está ordenado todo al bien de cada alma. (Ms. A Folio 3)

No se puede explicar la santidad sin la gracia de Dios, y Dios es la belleza personificada en el alma de los santos, y ellos son para nosotros verdaderos maestros de espiritualidad.


Sus escritos


En el año 1894, María, hermana mayor de Teresa, pide a la priora, Madre Inés (su hermana Paulina), que le ordene escribir sus recuerdos de infancia. Cuando Teresa, a sus 22 años, en enero de 1895, comienza a escribir el Manuscrito A, abre el Evangelio, y se encuentra con este texto: "Habiendo subido Jesús a un monte, llamó a sí, a los que quiso; y ellos acudieron a Él. (Mc. 3, 13) Entonces comprende que Dios llama a los que Él quiere, no a los que son dignos de ese llamado.

Impresionada por la conversión de San Pablo, o San Agustín, descubre la infinita grandeza de Dios, que les prodigaba favores extraordinarios, sabiendo cuánto le habían ofendido.





Se lanza Teresa a escribir la historia de su vida, más bien, las gracias que Dios se ha dignado concederle. La define como "la historia de una florecilla de mayo". Para el Papa Juan Pablo I es la "historia de una barra de acero", por la fuerza de voluntad, la valentía y decisión que se desprende de ella. (Albino Luciani, Ilustrísimos Señores, p.178)

Un año después, el 20 de enero de 1896 Teresa entrega a madre Inés su cuaderno de recuerdos (Manuscrito A)

En septiembre de 1896 Teresa hace ejercicios espirituales, cuando acaba, comparte con sus hermanas algunas reflexiones de esos días. Su hermana María le pide poner por escrito aquellas reflexiones y todas las gracias recibidas. En tres días cumple este cometido y entrega a su hermana dos cartas, una dirigida a ella, y otra a Jesús, es lo que hoy llamamos: Manuscrito B.

En junio de 1897, Teresa ya enferma, recibe de su priora, Madre María de Gonzaga, que había sido elegida el 21 de marzo del año anterior, la orden de continuar con su autobiografía, es el Manuscrito C

Continúa Teresa escribiendo, cantando las misericordias del Señor, sus días están contados. Es un trabajo difícil, ya no tiene fuerzas, deja la pluma y coge un lápiz. Los últimos párrafos muestran el temblor de sus manos. No logra terminar, como ella hubiera querido. La última frase, inconclusa; "por la confianza y el amor"... al parecer, quiere expresar esa gran misericordia de Dios, que la ha preservado de caer en pecado mortal. Pero aunque...

¿Qué quizo decir Teresa al final de su autobiografía? No lo sabemos, pero por el contexto podemos deducir que el amor de Dios, la belleza de ese amor que salva, la confianza con que ella respondió a ese amor, fue su punto de apoyo para lograr el fin de su vida; el cielo, salvando su vida y la de muchos.


Ese punto de apoyo, esa palanca de que habla Teresa, citando a un sabio en los últimos párrafos del Manuscrito C, "levanta el mundo". Ese sabio es Arquímedes, y él hacía una petición que no se dirigía a Dios, Teresa estaba convencida que este sabio no logró obtener esa palanca, o punto de apoyo, no pudo levantar el mundo. Los santos sí lo han logrado.

El todopoderoso les dio un punto de apoyo: ¡EL MISMO! ¡EL SOLO! Y una palanca: la oración, que quema con fuego de amor. Y así levantaron el mundo. Y así lo siguen levantando los santos que militan en la tierra, y así lo levantarán hasta el fin del mundo los santos que vengan. (Ms. C Folio 36)

La belleza de este Dios continua salvando el mundo, el es nuestro punto de apoyo, y si nosotros se lo permitimos, nos quema con fuego de amor. Esa palanca que es la oración nos ayuda a levantarnos, vivir en confianza, amar sin limitaciones.



Teresa con su vida, que es un destello de la belleza de Dios, nos está diciendo, que como ella, nosotros, militantes de esta tierra, seamos santos.

En este día, en que recordamos su beatificación, hagamos de nuestra alma un jardín para Jesús. Recibamos ese punto de apoyo, que es Él mismo, hagamos nuestra la palanca-la oración, y dejémonos transformar para que su belleza pueda continuar levantando y salvando el mundo. Como un pequeño pajarillo agarrado del Águila divina, en lo más sencillo de nuestra vida, debemos sumergirnos en esa "belleza" y cantar las misericordias del Señor, que hace obras grandes en nosotros. Algún día, "esa Águila adorada, vendrá por su pajarillo y la introducirá en el Foco del amor por toda la eternidad.


Oremos con Teresa, hagamos nuestras sus palabras dirigidas a Jesús en un coloquio de amor interminable.


Oración


¡Oh, Verbo divino!, eres tú el Águila adorada que yo amo, la que me atrae. Eres tú quien, precipitándose sobre la tierra del exilio, quisiste sufrir y morir a fin de atraer a las almas hasta el centro del Foco eterno de la Trinidad bienaventurada. Eres tú quien, remontándote hacia la Luz inaccesible que será ya para siempre tu morada, sigues viviendo en este valle de lágrimas, escondido bajo las apariencias de una blanca hostia...

Águila eterna, tú quieres alimentarme con tu sustancia divina, a mí, pobre e insignificante ser que volvería a la nada si tu mirada divina no me diese la vida a cada instante.

Jesús, déjame que te diga en el exceso de mi gratitud, déjame, sí, que te diga que tu amor llega hasta la locura...

¿Cómo quieres que, ante esa locura, mi corazón no se lance hacia ti? ¿Cómo va a conocer límites mi confianza...?

Sí, ya se que también los santos hicieron locuras por ti, que hicieron obras grandes porque ellos eran águilas...

Jesús, yo soy demasiado pequeña para hacer obras grandes..., y mi locura consiste en suplicar a las águilas mis hermanas, que me obtengan la gracia de volar hacia el Sol del amor con las propias alas del Águila divina. Amén.

(Estractos del manuscrito B - folio 5, por Antonio Olea)

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