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El Cántico espiritual, al interior del espiritu

 

Autor: Gladys Arosemena Bissot



“Allí me mostró cosa tan secreta,

que quedé yo transido,

y dejéme olvidado,

el rostro recliné sobre el Amado,

cesó todo, y dejéme,

dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado”.



El Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz constituye una obra cumbre de la lírica mística española y, al mismo tiempo, un tratado poético-teológico sobre el itinerario del alma hacia la unión con Dios. No se trata solo de un poema amoroso en clave alegórica, sino de una experiencia literaria en la que el paratexto —título, comentarios en prosa y la disposición de las estrofas— cumple una función fundamental para guiar al lector hacia la comprensión de los misterios que se encierran en el texto. En este sentido, San Juan de la Cruz no pretende únicamente emocionar, sino ofrecer un camino de crecimiento espiritual mediante imágenes poéticas que, sustentadas por su aparato explicativo, muestran cómo el alma atraviesa distintas fases de purificación, búsqueda y plenitud en el encuentro con el Amado.



El paratexto como marco hermenéutico

El título, Cántico Espiritual, ya establece la clave de lectura: no se trata de un canto profano, sino de una composición dirigida al ámbito interior del espíritu. El término “cántico” es un claro intertexto del Cantar de los Cantares, al cual remite tanto en la forma como en el enfoque temático de la relación amorosa entre el alma y Dios.

A este título se añaden las glosas y explicaciones en prosa que San Juan de la Cruz redactó a modo de comentario. Estos textos paratextuales no son accesorios, sino guías interpretativas que orientan al lector en la lectura simbólica. El santo aclara, en varias ocasiones, que el lenguaje amoroso no debe ser entendido en clave meramente humana, sino como una representación espiritual de la búsqueda del alma. Este aparato explicativo cumple una doble función: primero, prevenir interpretaciones reduccionistas mundanas; segundo, abrir la posibilidad de una lectura teológica que sitúa el poema dentro de la tradición mística cristiana.


La organización en estrofas numeradas también forma parte del paratexto: permite que cada unidad poética pueda ser comentada y meditada en sí misma, pero al mismo tiempo se integra en un itinerario más amplio. Así, la estructura del libro evoca un camino dividido en etapas, reforzando la idea del proceso espiritual que guía la vida cristiana.


La riqueza del Cántico Espiritual se manifiesta en la abundancia de imágenes poéticas que convierten lo inefable de la experiencia mística en expresión sensible. El poema recurre constantemente a la metáfora del amor humano, que se convierte en símbolo de la relación entre el alma y Dios. La esposa (el alma) busca al Esposo (Cristo), lo llama, lo anhela y finalmente se une a Él en una plenitud transformadora. El Amado y la esposa constituyen la figura central del diálogo lírico, cuyo claro intertexto es el Cantar de los Cantares. A su vez, elementos de la naturaleza, como los montes y los ríos, se convierten en el espacio ideal de encuentro con el Amado. La creación aquí muestra la grandeza de Dios, que se convierte en presencia para que nos unamos a Él en una relación de amor verdadero.  No obstante, la presencia divina también se envuelve en el misterio, que en el poema están simbolizados en la noche y el silencio. El Amado se esconde, se desdibuja, como parte del proceso de purificación que nos lleva al encuentro sublime con su amor, un amor que excede cualquier sentimiento humano. De ahí que el vino sea símbolo de esa embriaguez amorosa que nos completa y desborda.


En cuanto a los recursos estilísticos, el poema despliega una serie de procedimientos característicos de la lírica renacentista y barroca: paralelismos, repeticiones enfáticas, exclamaciones, preguntas retóricas y un lenguaje musical exquisito. Todo ello contribuye a intensificar la vivencia espiritual y a convertir la lectura en experiencia estética que prepara la apertura del alma.



El Cántico Espiritual puede leerse como una narración simbólica de tres grandes etapas en el camino del alma hacia Dios: La búsqueda y el deseo (el alma se siente herida por el amor divino y comienza a buscar a su Amado. Es un momento de ausencia, anhelo y sufrimiento, camino en medio del desierto, donde será necesario dejar las ataduras terrenas para orientar nuestro ser hacia Dios);  el encuentro transformador (fase iluminativa, en la cual el almacontempla los misterios divinos, experimenta la presencia de Dios en todas las cosas y recibe el anhelado consuelo espiritual); y la consumación de la unión esponsal (el alma y Dios se unen en un vínculo indisoluble, donde ya no hay búsqueda ni distancia, sino posesión mutua. San Juan de la Cruz lo expresa en términos de transformación: el alma participa de la vida divina y su voluntad queda identificada con la de Dios. Este estado es el momento cumbre de la experiencia mística y se representa como un gozo inefable. El alma no solo ama a Dios, sino que es configurada por Él, en una unión transformadora. A pesar de la riqueza literaria de este poema, el lenguaje amoroso no se limita a lo metafórico: busca transmitir la intensidad de un proceso que implica tanto la afectividad como la transformación ontológica del ser humano.


Como puede apreciarse, la unión con Dios constituye el núcleo temático del Cántico Espiritual. Todo el itinerario del alma que recorre el poema —desde la búsqueda hasta la consumación— tiene como meta este encuentro transformador. En la tradición mística cristiana, dicha unión no es un simple acercamiento afectivo, sino un estado de plenitud en el que el alma participa de la vida divina.


En este itinerario, la poesía, como género literario, cumple la función de acompañar al alma en un proceso dinámico que va de la ausencia a la plenitud, de la sed a la saciedad, de la búsqueda dolorosa a la unión jubilosa. Este ejercicio literario ofrece, además, un modelo de crecimiento espiritual, dado que la unión con Dios es la meta de la vida cristiana, con sus momentos de oscuridad y de luz.


Conclusión

El Cántico Espiritual no puede comprenderse plenamente sin considerar su paratexto y recursos literarios. El título, las glosas y la organización en estrofas orientan al lector a interpretar el poema como una guía espiritual más que como un simple ejercicio lírico. Los símbolos, metáforas y figuras retóricas convierten la experiencia interior en un lenguaje accesible, capaz de emocionar y enseñar a la vez.

En última instancia, el itinerario que traza el poema refleja el camino de crecimiento del alma hacia la unión con Dios: desde el deseo insatisfecho hasta la unión transformadora. Este itinerario no solo configura la trama poética, sino que constituye la esencia misma del mensaje sanjuanista: la vida espiritual es un proceso de búsqueda apasionada, de purificación constante y de plenitud amorosa que culmina en la posesión del Amado.

 
 
 

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