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“¡Cristo vive y te quiere vivo!” ¡Aleluya! – Domingo de Resurrección


La Iglesia resplandece de gloria, el pueblo de Dios está de fiesta y nuestro corazón se levanta con júbilo: ¡Cristo vive, venció la muerte y con Él todo se llena de vida! “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” (1 Cor 15,14).


Hoy te invito a acoger con gozo esta verdad no como teoría o un simple dato histórico, sino como un acontecimiento que se hace experiencia transformante para el que ama.


Es compromiso bautismal apostarle a la alegría del encuentro con Jesús vivo y resucitado. Dejar que su gloria resplandezca en nosotros y su luz disipe las tinieblas.


Que, pese a los tropiezos, dificultades, desafíos y tantas realidades dolorosas que acontecen en lo personal, familiar y en el mundo, el Señor de la esperanza eche raíces en nuestra alma para que brote la paz, la dichosa ventura de la fe y seamos salvos de la desidia, la soledad, la angustia, la amargura, el sinsentido.


Dice el papa Francisco en su Exhortación Apostólica Evangelli Gaudium: “Nunca nos declaremos muertos pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida (la de Cristo), que nos lanza hacia adelante!”.



Primer paso: dejarnos interpelar


A través de su doctrina, Santa Teresa de Jesús nos enseña a “no hacer torres sin fundamento”: es oportuno preguntarnos, ¿estamos optando por vivir como resucitados? ¿Comunicamos la buena noticia de la Resurrección? ¿Nuestras palabras, actitudes y obras son fuente de vida?


Si nos evaluamos a consciencia, algunos podríamos concluir que la naturaleza propia del ser humano suele llevarnos a permanecer anclados en el camino cuaresmal o en el viernes de dolor. Así, la Pascua se vislumbra distante y ajena. No, hermano:


“¡Cristo vive y te quiere vivo! Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar. Cerca de Él podemos beber el manantial que mantiene vivos nuestros sueños, proyectos e ideales” (Papa Francisco, Christus Vivit).




Aunque es de noche


El evangelista San Juan (20, 1-9), nos relata la primera imagen de la Resurrección: es domingo y María Magdalena va en busca del Amado. El sepulcro vacío. La angustia de la ausencia. El clamor presuroso de la incomprensión que se entremezcla con el sinsabor de la amada del Cantar de los Cantares: “Lo busqué y no lo hallé. ¿Han visto a mi amado?” (Cant 3,4).


Dos discípulos, Juan y Pedro, puestos en marcha. No está Jesús; solo encuentran lienzos caídos y el sudario enrollado que en primera instancia parece vendar la memoria, “en el vacío de la esperanza” (SM 6,1), y el entendimiento, “en la tiniebla de la fe” (SM 6,1), de aquellos hombres depositarios de sus enseñanzas y promesas. Hasta que Juan, “que había llegado primero”, deja libre su voluntad “en la desnudez de todo afecto” (SM 6,1): entonces “vio y creyó”, aunque es de noche.


Si contemplamos aquella escena, ¿cómo hablar de un suceso trascendental y pleno para la Iglesia, en medio de un panorama tan oscuro y desalentador? ¿Dónde entrever la alegría si ante nuestra mirada expectante solo se halla ansiedad y desconcierto?


Me detengo en una sencilla reflexión: la Resurrección del Señor, para el cristiano del siglo XXI, no puede limitarse a un suceso externo, a emociones epidérmicas ni a ritos vacíos que son consecuencia de una fe inmadura. Hay que volver el corazón a la esencia del Evangelio: Jesús, el Crucificado por amor. Solo Él permanece inmutable para siempre (Salmo 102,28).


Si nuestra meta es unirnos a Él y participar de Su gloria, la realidad del seguimiento no nos exime del dolor o la purificación. Sin embargo, nuestras debilidades y flaquezas no tienen la última palabra. Jesús ha vencido la muerte y, como exalta el papa Francisco, Él “quiere triunfar en ti” y en mí aun en medio de nuestras noches oscuras. Como discípulos es necesario pasar por ese estado del alma para que resplandezca Cristo y ante la luz de Su presencia seamos configurados con Él y en Él para ser revestidos del hombre nuevo.


A la noche le ha de proceder la llama viva del amor que guía, ilumina y arde gozosa en el corazón. “¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de alegría?” (EG 1,5), en esa bendita unión de amor, participando de la gloria anticipada aquí en la tierra, donde el grano de trigo ha de caer y morir para dar fruto.






Amada en el Amado transformada


San Juan de la Cruz, en su obra “Subida del Monte Carmelo”, narra a modo de canción el proceso que acontece al interior del alma en el encuentro y unión con el Amado, quien haciéndose noche la guía hacia Él. Una bella y profunda alegoría para mí de la Resurrección: “¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que la alborada! ¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada!”.


La Resurrección es una fiesta del año litúrgico que exulta el acontecimiento fundamental de la vida de Jesús. Pero este no se agota al término de la celebración del Misterio Pascual. Se renueva en un permanente encuentro personal con Jesús en la oración; con la Palabra que se encarna para dar un nuevo sentido a los acontecimientos y desafíos de cada día. Se renueva en cada Eucaristía, donde se anuncia su muerte y se proclama su resurrección como plan salvífico de Dios para cada uno de nosotros. Una experiencia de amor que debe afectar lo concreto de la vida, los pensamientos y la historia de todo creyente.


Víctor Frankl, en su libro “El hombre en busca del sentido”, en el que recrea la tragedia de la vida en un campo de concentración donde fue testigo y protagonista, escribe: “La salvación del hombre consiste en el amor y pasa por el amor (…) Incluso en un estado de desolación absoluta (…), cuando el único logro posible consiste en soportar dignamente el sufrimiento, en tal situación el hombre es capaz de realizarse en la contemplación amorosa de la imagen de la persona amada (…) Mediante el amor, la persona que ama capacita al amado a actualizar sus posibilidades ocultas. El amor consigue que el otro realice su potencialidad personal”.


No detengamos el paso: “¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!” (Secuencia pascual). Vayamos al encuentro del Amor y participemos de Su misión salvífica: proclamar la Buena Noticia e instaurar el Reino de Dios. Por encima del sufrimiento, la pobreza, el egoísmo o sombras de muerte, ¡Cristo vive y te quiere vivo! ¡Aleluya!








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