Biografía de Santa Teresa de los Andes

Nació en Santiago de Chile el 13 de julio de 1900, en el seno de una familia acomodada muy cristiana. Sus padres fueron Miguel Fernández y Lucía Solar. Bautizada en la parroquia de Santa Ana recibe el nombre de Juana Enriqueta Josefina de los Sagrados Corazones.

En su diario escribe: “La historia de mi alma se resume en dos palabras: «Sufrir y amar»”. Desde sus 6 años, asistía con su madre casi a diario a la santa misa y suspiraba por la Comunión, “Me acuerdo que mi mamá con mi tía Juanita nos llevaban a misa y siempre nos explicaban todo; y yo, en la misa, cuando llegaba la Comunión, me encendía deseos de recibir a Nuestro Señor.” Recibió por primera vez a Jesús sacramentado el 11 de septiembre de 1910,


Profundamente afectiva, se creía incapaz de vivir separada de los suyos. Hizo sus estudios en el colegio del Sagrado Corazón (1907 - 1918).


A la primera persona en revelarle el secreto de su vocación es a su hermana Rebeca: “Voy a ser carmelita. El 8 de diciembre me comprometí”.


El 25 marzo de 1919 le revela a su padre la decisión de entrar al Carmelo por medio de una carta:

“Papacito, hace mucho tiempo deseaba confiarle un secreto, que he guardado toda mi vida en lo más íntimo del alma. Sin embargo, no sé qué temor se apoderaba de mi ánimo al querérselo confiar. Por eso, siempre me he mostrado muy reservada para todos. Mas ahora quiero confiárselo con la plena confianza que me guardará la más completa reserva… Es necesario que su hija los deje. Pero téngalo presente: que no es por un hombre sino por Dios. Que por nadie lo habría hecho sino por El que tiene derecho absoluto sobre nosotros. Eso ha de servirle de consuelo: que no fue por un hombre y que después de Dios, será Ud. y mi mamá los seres que más he querido sobre la tierra.También piense que la vida es tan corta, que después de esta existencia tan penosa nos encontraremos reunidos por una eternidad. Pues a eso iré al Carmen: a asegurar mi salvación y la de todos los míos. Su hija carmelita es la que velará siempre al pie de los altares por los suyos, que se entregan a mil preocupaciones que se necesitan para vivir en el mundo La Sma. Virgen ha querido perteneciera a esa Orden del Carmelo, pues fue la primera comunidad que le rindió homenaje y la honró.”

Y el 7 de mayo de ese mismo año, ingresa en el monasterio de las Carmelitas Descalzas de Los Andes.


Como Carmelita se llamó Teresa de Jesús, no alcanzando a vivir ni un año entero en el convento. Murió el 12 de abril de 1920.


“Teresa de los Andes no es una escritora propiamente hablando, ni escribe para que sus escritos sean un día publicados; escribe simplemente para comunicar sus experiencias y compartir con sus interlocutores sus sentimientos y estados interiores. Con este propósito, en septiembre de 1915, comienza a escribir su Diario cuando está cursando sus estudios como interna en el colegio, y lo termina en el Carmelo. Describe toda la trayectoria de su vida, aunque con muchas interrupciones. Son páginas incandescentes, de una extraordinaria frescura, en las que vuelca toda su vida y toda su experiencia.” Nos escribe en su carta el Padre General Saverio Cannistrà por el primer centenario de la muerte de Santa Teresa de los Andes.


También en la misma carta hablando de sus maestros del Carmelo escribe: “Juanita lee desde muy joven la Vida y el Camino de perfección de santa Teresa de Jesús, que dejan en ella una profunda huella.unos meses antes de su ingreso en el Carmelo, lee la Suma Espiritual de san Juan de la Cruz, editada en Burgos en 1900. Su lectura aviva en ella la llama de amor viva que había prendido ya en su corazón. A la luz de esta lectura, descubre muchas de las experiencias que ella había tenido anteriormente. Entre ambas lecturas está la lectura de Teresa de Lisieux y de Isabel de la Trinidad; dos figuras más cercanas a ella, casi coetáneas, cuyo influjo ha cambiado el signo de la espiritualidad contemporánea. De hecho, en sus escritos se encuentran muchas expresiones y muchas resonancias.”


Pero como ella bien lo expresa su maestro por excelencia fue Jesús: “En 1906 fue cuando Jesús principió a tomar mi corazón para Sí [...] Jesús, desde ese primer abrazo (primera comunión 1910), no me soltó y me tomó para Sí. Todos los días comulgaba y hablaba con Jesús largo rato. Pero mi devoción especial era la Virgen. Le contaba todo. Sentía su voz dentro de mí misma”. Jesús es su Evangelio y Maria el espejo en que se refleja.


En la carta por el primer centenario de su muerte su comunidad recuerda lo escrito por su “connovicia, la Hna. Isabel de la Trinidad, rememora: “El fin de Sor Teresa de Jesús, fue un reflejo de su vida de intenso amor a Dios. Tuve la felicidad de encontrarme presente en sus últimos momentos... sin perder ni el más mínimo detalle. Tenía la mirada hacia arriba, el rostro encendido e irradiaba una paz y una dicha inmensa como un ser que se va sumergiendo en Dios. Las pruebas tan dolorosas a que fue sometida anteriormente su alma como últimos toques de purificación y de aumento de méritos, y también, sin duda, para sellar su carácter de víctima... habían ya pasado. Se le veía en una paz y felicidad inefable. Y en esa paz y felicidad entregó su alma al Señor. Días antes, al ir a colocarle una inyección, en estado semi-inconsciente murmuró estas palabras: «El fruto estaba maduro. Dios lo tocó y cayó...»”


La vida de Teresa de los Andes es reflejo de lo escrito por la Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Gaudete et exsultate: “No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia. En el fondo, como decía León Bloy, en la vida «existe una sola tristeza, la de no ser santos».”


Beatificada por Juan Pablo II en Santiago de Chile el 3 de abril de 1987: “Teresa de los Andes experimentó desde muy niña la gracia de la comunión con Cristo, que se fue desarrollando progresivamente en ella con el encanto de su juventud, llena de vitalidad y de jovialidad, en la que no faltó, como hija de su tiempo, el sentido del sano esparcimiento y del deporte, el contacto con la naturaleza. Era una joven alegre y dinámica; una joven abierta a Dios. Y Dios hizo florecer en ella el amor cristiano, abierto y profundamente sensible a los problemas de su patria y a las aspiraciones de la Iglesia. El secreto de su perfección, como no podía ser menos, es el amor. Un amor grande a Cristo, por quien se siente fascinada y que la lleva a consagrarse a El para siempre, y a participar en el misterio de su pasión y de su resurrección. Siente a la vez un amor filial a la Virgen María que la inclina a imitar sus virtudes. Para ella Dios es alegría infinita.”


Y solemnemente canonizada por el mismo Sumo Pontífice en Roma el 21 de marzo de 1993: “La joven santa chilena fue eminentemente un alma contemplativa. Durante largas horas junto al tabernáculo y ante la cruz que presidía su celda, ora y adora, suplica y expía por la redención del mundo, animando con la fuerza del Espíritu el apostolado de los misioneros y en, en especial, el de los sacerdotes. "La carmelita – nos dirá – es hermana del sacerdote" (Carta de 1919). Sin embargo, ser contemplativa como María de Betania no exime a Teresa de servir como Marta. En un mundo donde se lucha sin denuedo por sobresalir, por poseer y dominar, ella nos enseña que la felicidad está en ser la última y la servidora de todos, siguiendo el ejemplo de Jesús, que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en redención de muchos (cf. Mc 10, 45)”.


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