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15 de agosto: Solemnidad de la Asunción de la Virgen María


¿Se ha preguntado alguna vez por qué su Parroquia tiene tal o cuál nombre? Pues, en mi caso, siempre he insistido en todas las formaciones y oportunidades de encuentro con las personas agentes de pastoral, en que deben conocer la historia de nuestra parroquia y sobre todo saber explicar su nombre. Efectivamente, mi parroquia se encuentra bajo el manto protector de la Purísima, Bendita y Gloriosa Señora, Santísima Madre de Dios y siempre Virgen María, Asunta al Cielo. Muchas personas y lugares llevan también el nombre de "Asunción". Se trata de una referencia al cuarto dogma mariano; es decir, uno de los pronunciamientos formales de parte de la Iglesia Católica: María, cumplido el curso de su vida terrena, fue subida en cuerpo y alma a la gloria celestial.


Esta proclama de fe la realiza el Papa Pío XII, el 1º de noviembre de 1950, en la Constitución “Munificentisimus Deus”. Según se encuentra documentado, ese día, "una gran cantidad de personas, reunidas en la Plaza de San Pedro, levantó un grito al unísono, entusiasmada". También hubo millones de espectadores a nivel mundial, quienes “vieron en televisión u oyeron por las estaciones de radio del mundo católico, el importante anuncio papal”. Aquí es importante tener presente que ya habían pasado casi 1900 años de fe, del pueblo y de la Iglesia, en esta verdad; el Papa lo que hizo fue confirmarla y ratificarla.


Precisamente, a nuestro amado padre espiritual, san Juan de la Cruz, en la noche de la fiesta de la Asunción, la Virgen se le apareció en sueños y le dijo: "Ten paciencia, que pronto terminará este tormento". Y señalándole una alta ventana del convento que daba al río Tajo, le añadió: "Por ahí saldrás y yo te ayudaré". Y sucedió que al cumplir nueve meses de estar preso, le concedieron el poder salir cada mediodía unos pocos minutos a la azotea a asolearse y a hacer un poco de ejercicio físico. Y por allí vio la ventana que le había indicado la Virgen. Con un pequeño hierro fue aflojando por dentro las cerraduras de su prisión y luego rasgando sábanas y ropas, logró fabricarse un largo lazo para descolgarse hacia el precipicio por donde pasaba el tormentoso río. Por la noche quitó las cerraduras y salió hacia la ventana. Amarró su cuerda y sin que los guardianes se dieran cuenta, se descolgó por el muro. Pero había calculado mal la distancia y quedó colgando a varios metros más arriba de la muralla que rodea al río. Si se dejaba descolgar sin mucha precisión, podía caer entre las aguas y se ahogaría. Se soltó y logró caer en la muralla, pero en un sitio que no tenía salida hacia la calle y donde podía ser descubierto. Entonces se encomendó a la Virgen y de un momento a otro se sintió colocado en la parte exterior que llevaba hacia la calle.

 

Hagamos una pausa, reflexionemos juntos. Uno podría pensar que María asunta al cielo en cuerpo y alma, ya no está con nosotros. Pero, según hemos leído en este relato, ella se muestra cercana, conoce nuestras penas, nuestros silencios. Por eso, no es coincidencia que en Costa Rica, el Día de las Madres se celebre en esta misma fecha: María es modelo de mujer y madre, por lo que tenerla presente en este día tan especial, es toda una reverencia y reconocimiento de cómo Dios actúa en nuestra propia historia.

 

Ahora bien, tengamos presente que el relato de san Juan de la Cruz tiene como contexto la noche de la fiesta de la Asunción. Nuestra liturgia establece tipos de celebraciones; actualmente, la Asunción de la Virgen María es una solemnidad; es decir, se debe cumplir en la Iglesia Universal (Católica), ya no solo en unos cuantos lugares como se venía haciendo esta celebración litúrgica en esta fecha. Se trata pues, de una fiesta solemne. Esto otro tiene una aplicación práctica muy importante para nuestra espiritualidad carmelitana. Los tiempos litúrgicos, sus distintas celebraciones, son "un momento de gracia" que ha dispuesto la Iglesia para nuestra salud espiritual. Tal es así, que lo vivido por san Juan de la Cruz la noche da la fiesta de la Asunción no nos sorprende, no nos toma por sorpresa; al contrario, nos confirma en la fe de la Iglesia.


En este punto, estoy seguro de que usted y yo estamos claros en lo siguiente: hay un momento de nuestra vida en que las explicaciones racionales, o científicas, o lógicas, tienen un límite. Es decir, nuestra experiencia como creyentes tiene un momento en el que es obvio dar el paso de fe, no todo tiene una explicación del por qué es así y punto. Bueno, pasa también con el tema del amor: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo". ¿Cómo explicarle a la gente por qué tenemos fe, esperanza y amor? No cabe duda de que la mejor explicación es el testimonio, la puesta en práctica de lo que se cree, se espera; “el amor es obras”.

 

Todo lo anterior me permite introducir este aspecto de los dogmas de fe. Los expertos en teología han podido establecer formalmente la explicación de los dogmas (¿qué tal si investiga y profundiza al respecto? le cuento que un santo decía que toda verdad, la diga quien la diga, viene del Espíritu Santo; con esto quiere dar a entender que cuando usted profundiza, estudia, aprende, está entrando en una especie de contacto con Dios, su nuevo aprendizaje no es otra cosa más que presencia de ese Espíritu de Dios).


Veamos por ejemplo que la Asunción y la Inmaculada Concepción son dos privilegios estrechamente unidos entre sí. Cristo venció la muerte y el pecado; y sobre el uno y sobre la otra reporta también la victoria, en virtud de Cristo, todo aquel que ha sido regenerado sobrenaturalmente por el bautismo. Pero, por ley general, Dios no quiere conceder a los justos el pleno efecto de esta victoria sobre la muerte, sino cuando haya llegado el fin de los tiempos. Por eso, también los cuerpos de los justos se disuelven después de la muerte, y sólo en el último día volverá a unirse cada uno con su propia alma gloriosa. Pero de esta ley general, quiso el Dios munificentísimo que fuera exenta María, quien por privilegio del todo singular, venció al pecado con su Concepción Inmaculada; por eso no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro, ni tuvo que esperar la redención de su cuerpo hasta el fin del mundo; María, “terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”

 

En María se cumplen las promesas que nos hace Dios. Por eso para nosotros, y en este día tan especial, ella es modelo de creyente, de oyente de la palabra, de discípula y misionera. María, siempre fue humilde, cercana, como mujer y madre, siempre sugiriendo desde su experiencia de Dios. Nos enseña acerca de la sinodalidad, se nos presenta y así lo han representado muchos artistas, con los demás apóstoles (Hech 1, 13-14), perseverando unánimes en oración; es decir, hace el camino con otros en Pentecostés, no está aislada, muda, sola, sin relacionarse con nadie o solo con Dios. Ella es la mujer que tiene el sentido de Dios, que sintoniza, comulga con el plan de Dios, expresado en el Magníficat, en el canto que eleva a Dios (Lc 1, 46-56).


Ella aparece en el Evangelio como la mujer que escucha, y acoge, la oyente de la Palabra: «bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen». Oyente dócil de la Palabra y del anuncio del Ángel (Lc 2, 26-38): «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». A veces no entiende los caminos de Dios: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» (Lc 1, 34). Con su esposo san José, no entendieron a Jesús cuando se perdió en el templo de Jerusalén y les habló de que Él tenía que estar en las cosas de su Padre (Lc 2, 49-50), pero ella «conservaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2, 51). José tampoco entendía el misterio que llevaba su mujer en su vientre y, sin querer difamarla, decide repudiarla en secreto, pero ante el mensaje del ángel, la acoge como mujer (Mt 1, 18-24).

 

María es la mujer que sabe ver la realidad, y con sensibilidad femenina se da cuenta de las cosas y actúa. Así en Caná de Galilea, en una boda cuando falta el vino. Y lo expresa ante su Hijo: «No tienen vino». Y dice a los sirvientes: «Hagan lo que él les diga» (Jn 2, 1-12). No se queda en comentar con otros, sino que hace lo que está en sus manos. Así lo tenemos que hacer nosotros: abrir los ojos y los oídos del corazón a las distintas situaciones por las que pasa la sociedad y por las que nos habla el Espíritu Santo, no mirar para otro lado, y actuar.


María, desde la cruz, nos sirve de testimonio para vivir con esperanza: en el Apocalipsis (12, 1-6) aparece la mujer, como figura del pueblo de Dios, vestida de sol, la luna bajo sus pies y con una corona de doce estrellas. Es la que está vestida de la luz de la resurrección, que vence lo mudable como la luna; que pasa por tribulaciones y tiene que afrontar las asechanzas del mal, pero se sabe protegida de Dios.


Ella es la mujer que ofrece al mundo lo mejor que tiene, su Hijo, el hijo de sus entrañas como lo hizo a los pastores, a los magos y a todos en la cruz. Que lleva la alegría a la humanidad, como se la llevó a su prima Isabel (Lc 1, 39-44).


Qué acertado en este día celebrar a la Madre, a las madres y darle la gloria a Dios. ¡Feliz día de las madres! ¡Viva la Virgen nuestra patrona! y ¡reine siempre triunfante Cristo!


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